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martes, 27 de junio de 2017

¿Qué hago con mi enfado? 4 pasos para convertirlo en algo beneficioso

El enfado es una de esas emociones que no tienen buena prensa y, quizá por eso, cuesta recibirlo como un aliado en la búsqueda de bienestar. Si sufres a menudo las consecuencias negativas de enfadarte más de la cuenta quizá consideres merecida su mala reputación. Sin embargo, el enfado, como toda emoción, si lo atiendes y lo gestionas bien puede guiar constructivamente tus acciones.

“Cuando se experimenta una emoción, dice Fredy Kofman en su excelente obra “Metamanagement”, se incurre en una "deuda emocional". Para "saldarla" hace falta un "pago" en términos de acciones efectivas. Si uno paga, respondiendo conscientemente a las demandas e impulsos de la emoción, recibe un beneficio por responder, aprende su lección y sigue adelante con su vida. Pero si rehúsa pagar, relegando la emoción a la incosciencia, debe soportar el coste de no responder: la deuda comienza a acumular "intereses" y crece en forma exponencial. Si la deuda excede cierto nivel, uno cae en la "quiebra" emocional: un estado de ánimo negativo recalcitrante.”

En la raíz del enfado siempre hay una historia (verdadera o imaginada) que lo genera: la creencia de que, sea por un comportamiento o por una acción que perjudica o puede perjudicar, se transgreden límites significativos respecto a la propia escala de valores. El enfado actúa entonces como un mecanismo de defensa frente el malestar que se siente al interpretar que alguna necesidad no está atendida. Debajo del enojo también se puede reconocer tristeza por el sufrimiento y miedo por lo que se puede llegar a sufrir. De manera que, como sucede siempre con la llegada de una emoción, si conscientemente la reconoces, la aceptas y la escuchas, te puede aportar valiosa información sobre la percepción de tu mundo interior y exterior. Información que te abre la posibilidad de encontrar una acción efectiva para establecer nuevos limites más saludables.

Se siente seguridad y fortaleza al comprobar que se es capaz de afrontar los desafíos, reparar los daños o minimizar el riesgo de que vuelvan a producirse. Una buena canalización del enfado te pone en disposición de proteger aquello que te importa, te conecta con el respeto hacia ti mismo y hacia los otros y te afirma en la fuerza de saber que te definen tus propias acciones y no las de los demás.

Por el contrario, si no resuelves tu disgusto, fácilmente te sentirás impotente y manipulable por tu entorno. El enfado irá tansformándose en resentimiento, rencor y odio. A veces podrás mostrar una calmada y superficial sumisión pero estallará tu ira cuando y contra quien menos la merece.

No obstante, aunque en teoría se vean claros los beneficios de gestionar bien el enfado, no es fácil lograrlo. Si compruebas que se desgastan tus relaciones por frecuentes discusiones sobre temas irrelevantes, si respondes con cólera injustificada demasiadas veces, si a menudo pierdes el control enredado en tu propia espiral de pensamientos hostiles (al estilo de Groucho Marx en el vídeo que aquí te incluyo), te será útil aplicar las propuestas que hoy comparto contigo. 



Cuatro pasos  cuyo objetivo es encauzar constructivamente tu enfado (o sus sinónimos como la ira, rabia, indignación, cólera, etc) antes de que tal emoción te inunde el ánimo en forma incontrolable:

1.- Hazte consciente de tu enfado y acepta esa experiencia emocional:

No podrás hacerte cargo de tus emociones si antes no las descubres. Tu cuerpo te puede ayudar en esta tarea siempre que lo observes y aprendas a entenderlo. 

Empieza por tener en cuenta los gestos que sueles adoptar cuando estás enfadado. Quizás frunces el ceño, cierras los puños, aprietas las mandíbulas, o tensas los músculos del estómago, por ejemplo. ¿Dónde sueles sentir el enojo, la rabia o la ira? Si mejoras tusconsciencia corporal podrás descubrir tus emociones cuando todavía puedes atenderlas sin que te dominen.

 Para conseguirlo te sugiero parar tu actividad en cuanto notes algún pequeño signo de irritación. Haz una inspiración profunda y pregúntate: ¿Qué parte de mi está tensa? Y centrándote en esa zona,  date tiempo, espacio y tranquilidad para sentir tu enfado, respirarlo y darle espacio en tu consciencia, sin prejuicios. Acepta sentir sin evaluar, simplemente estando presente en la experiencia. No mejorarás la gestión de tu enojo si al reconocerlo lo juzgas negativamente y lo censuras. Recuerda que reconocer con respeto una emoción no significa dejarte capturar por ella. Tienes capacidad para ser testigo neutral y con esa disposición podrás obtener valiosa información para comprenderte más y mejor. En el artículo “Quince pausas para la autoayuda” encontrarás más ideas para mejorar tu autoconciencia.

2- Aprende a dialogar con tu enfado para poder entenderlo:

Una cosa es tu vida y otra lo que te cuentas sobre ella. Utilizando tu capacidad de razonar, descubre los pensamientos que subyacen a tu enfado y analiza su validez. Usa un lenguaje que te sitúe en un papel protagonista y no como víctima. Por ejemplo: “Me siento enfadado”, en vez de: “Esa persona me saca de quicio”.

Reflexiona por escrito en cuanto te des cuenta que un asunto te ha molestado. ¿Cuál ha sido el detonante? ¿qué necesidad no está atendida? ¿qué está faltando? ¿qué daño se ha producido? ¿quién consideras que lo ha provocado? ¿qué límite crees que se ha transgredido? ¿en qué forma te sientes amenazado? ¿qué evidencia tienes de todo esto?

Cuetiona las suposiciones, separa hechos de interpretaciones y descarta las generalizaciones, prejuicios y exageraciones. Te ayudará revisar el artículo “Cómo lograrentender, entenderte y que te entiendan mejor”, donde se hace un repaso de las distorsiones cognitivas más frecuentes tanto en el diálogo con uno mismo como en las conversaciones con los demás.

3.- Comprueba, antes de pasar a la acción, si tu enfado es proporcionado:

Cuando la rabia va creciendo es muy fácil caer en la sobreactuación y eso no solo puede restar efectividad a tu respuesta sino que puede traerte complicaciones añadidas e innecesarias.  A veces el cansancio físico, el estrés excesivo o una tendencia al perfeccionismo pueden propiciar una reacción desmesurada. Por eso es importante posponer cualquier respuesta hasta encontrar una perspectiva ponderada de la situación. Al aparecer el enojo pregúntate: ¿Mi grado de enfado es proporcional al grado de importancia del asunto que lo concierne?

Si consideras que la intensidad de tu ira es demasiado elevada prueba a reencuadrar, reinterpretar y ampliar la perspectiva de lo sucedido. Si alguien te ha faltado al respeto, o un amigo no ha respondido como esperabas, en vez de pararte a buscar otras situaciones anteriores similares que intensificarán tu malestar, reflexiona sobre lo que les ha podido suceder a esas personas para actuar así, o relativiza la importancia del agravio imaginando la poca importancia que tendrá ese hecho para ti dentro de unos años, por ejemplo. No se trata de disolver el enfado sino simplemente de rebajarlo a un nivel que sea manejable y te permita encauzarlo.

También puedes probar a equilibrar tu estado emocional buscando motivos de agradecimiento hacia las personas con las que estás enfadado. Igualmente te ayudará encontrar alguna perspectiva de la situación que incluya una buena porción de sentido del humor para desdramatizar el tema.

Además, puede ser necesario soltar el exceso de tensión en tu cuerpo. Tómate unos minutos para desahogarte de la forma que mejor te siente. Corre, salta, baila, grita, dúchate o boxea con tu cojín favorito. El caso es que logres relajarte expresando tu enfado y liberando el exceso de energía. El objetivo es sentirte con más autocontrol para poder actuar con asertividad y eficacia. Te puede resultar útil repasar el artículo “Cómo lograr que el sosiego sustituya a laprecipitación” donde encontrarás más ideas para frenar la impulsividad excesiva.

4. Elige una acción constructiva que, canalizando tu enfado, atienda tu necesidad:

Cada emoción tiene una demanda específica, relacionada con la percepción de la situación que la origina. Si atiendes esa demanda, la emoción fluirá y te sentirás en paz interior pero si no la atiendes, la emoción se estancará y aumentará el malestar. 

No obstante,  tienes que asegurarte que las acciones que elijas como respuesta realmente sean efectivas, es decir, te ayuden verdaderamente. No fuera que te suceda como al protagonista de este relato del psiquiatra y escritor Jorge Bucay:

Había una vez un hombre que iba por el mundo con un ladrillo en la mano. Había decidido que cada vez que alguien le molestara hasta hacerle rabiar, le daría un ladrillazo. El método era un poco troglodita, pero parecía efectivo, ¿no?.

Sucedió que se cruzó con un amigo muy prepotente que le habló con malos modos. Fiel a su decisión, el hombre agarró el ladrillo y se lo tiró. No recuerdo si le alcanzó o no, pero el caso es que después, tener que ir a buscar el ladrillo, le pareció incómodo. Decidió entonces mejorar el “Sistema de Autopreservación del Ladrillo”, como él lo llamaba. 

Ató al ladrillo un cordel de un metro y salió a la calle. Esto  permitía que el ladrillo nunca se alejara demasiado, pero pronto comprobó que el nuevo método también tenía sus problemas: por un lado, la persona destinataria de su hostilidad tenía que estar a menos de un metro y, por otro, después de arrojar el ladrillo tenía que tomarse el trabajo de recoger el hilo que, además, muchas veces se liaba y enredaba, con la consiguiente incomodidad.

Entonces el hombre inventó el “Sistema Ladrillo III”. El protagonista seguía siendo el mismo ladrillo, pero este sistema, en lugar de un cordel llevaba un resorte. Ahora el ladrillo podía lanzarse una y otra vez y regresaría solo, pensó el hombre. Al salir a la calle y recibir la primera agresión, tiró el ladrillo. Erró, y no pegó en su objetivo porque, al actuar el resorte, el ladrillo regresó y fue a dar justo en la cabeza del hombre.

Lo volvió a intentar y se dio un segundo ladrillazo por medir mal la distancia. El tercero, por arrojar el ladrillo a destiempo. El cuarto fue muy particular porque, tras decidir dar un ladrillazo a una víctima, quiso protegerla al mismo tiempo de su agresión, y el ladrillo fue a dar de nuevo en su cabeza. El chichón que se hizo era enorme…

Nunca supo por qué no llegó a pegar jamás un ladrillazo a nadie: si por los golpes recibidos o por alguna deformación de su ánimo. Todos los golpes fueron siempre para él mismo.

Dependiendo de la honestidad y la profundidad con la que hayas respondido a las preguntas del segundo paso de este ejercicio, te será más o menos fácil encontrar las acciones adecuadas. Sobre todo en lo que se refiere a las preguntas: ¿qué necesidad no está atendida? ¿qué está faltando? 

Teniendo en cuenta tus respuestas ahora se trata de encontrar la acción más constructiva. Entendiendo por tal aquella que está en nuestra mano,  reduce o elimina la amenaza, molestia o peligro y lo hace con la menor cantidad de daño posible para uno mismo o los demás.

Quizá se trate de hallar alguna forma de expresar tu reclamación, minimizar el perjuicio, establecer un límite protector, autoafirmarte u obtener alguna reparación o reconocimiento, por ejemplo. ¿Hay algo que puedas pedir, consensuar, mejorar o cambiar? Si nada de eso es posible quizás tengas que pensar en acciones simbólicas como escribir una carta aunque nunca la envíes, elaborar un duelo o perdonar. Busca las opciones a tu alcance y elige la que más te pueda ayudar a recuperar tu equilibrio y sentirte en paz.  

Resulta muy saludable enfocar el enfado como una posibilidad de mejorar asertivamente tu experiencia. Te animo a repasar el artículo "Entre la pasividad y la agresividad, elige la asertividad" donde podrás encontrar más sugerencias para encontrar respuestas efectivas a tus desafíos.

Además, si te centras en buscar soluciones, descubriendo tus necesidades no atendidas y buscando la forma de cubrirlas también podrás comprender más fácilmente las necesidades de la persona con la que te has enfadado y las razones de su comportamiento. Pero si simplemente te quedas en el enfado, reprimiéndolo o dejándote llevar inconscientemente por su impulso, te estancas en la superficie sin descubrir la raíz de la experiencia y, por tanto, sin posibilidad de atender la verdadera demanda que la originó.

Por eso lo importante es que tu acción vaya encaminada, no a eliminar el enfado temporalmente como puede suceder con la venganza o a mantenerlo indefinidamente como pasa con el rencor, sino a atender la verdadera necesidad sobre la cual te  ha alertado dicho enfado. 

Si la acción que eliges es efectiva no se volverá contra ti como el “ladrillo boomerang” del relato, sino que servirá para construir relaciones más saludables contigo mismo y con los demás.

Gracias por tu atención. Me alegrá leer tus comentarios y sugerencias. Abrazos y hasta pronto.

Pepa Arcay
Coach Personal




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"En el fondo de tu corazón están esperando los sueños no cumplidos y todo el amor que aún no ha podido ser. Date permiso para vivirlos.(“Lo que el corazón quiere contemplar”) 

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domingo, 23 de abril de 2017

Deshaciendo el apego ciego a un pensamiento

En un relato de la tradición hindú se cuenta de “un hombre que tenía un hijo al que amaba profundamente. Por algún motivo se vio obligado a viajar y tuvo que dejar a su hijo en casa. El niño tenía ocho años y su padre lo amaba profundamente. 

Habiéndose enterado de la partida del dueño de la casa, unos bandoleros aprovecharon su ausencia para entrar en ella y robar todo lo que contenía. Descubrieron al jovencito y se lo llevaron con ellos, no sin antes incendiar la casa.

Cuando el padre regresó a su hogar se encontró con la casa derruida por el incendio. Alarmado, buscó entre los restos calcinados y halló unos huesecillos, que dedujo eran los del cuerpo abrasado de su hijo. Con ternura infinita, los introdujo en un saquito que se colgó al cuello, junto al pecho, convencido de que aquéllos eran los restos del niño. 

Tiempo después, el hijo logró escapar de los perversos bandoleros y, tras poder averiguar dónde estaba la nueva casa de su padre, corrió hasta ella e insistentemente llamó a la puerta.

¿Quién es? -preguntó el padre.
Soy tu hijo -contestó el niño.
No, no puedes ser mi hijo -repuso el hombre, abrazándose al saquito que colgaba de su cuello-. Mi hijo murió.
No, padre, soy tu hijo. Conseguí escapar de los bandoleros.
 Vete, ¿me oyes? Vete y no me molestes -ordenó el hombre, sin abrir la puerta y aprisionando el saquito de huesos contra su pecho. Mi hijo está conmigo.
 Padre, escúchame; soy yo.
 ¡He dicho que te vayas! -replicó el hombre-. Mi hijo murió y está conmigo. 
Y no dejaba de abrazar el saquito de huesos.”

Aunque el relato guarda un sentido metafórico, lo cierto es que más de una vez, como el protagonista del cuento, yo también he llegado a negar la realidad creyendo equivocadamente que un vínculo afectivo estaba muerto o muy deteriorado. Y he sufrido innecesariamente por encerrarme en una historia dolorosa que solo estaba sucediendo en mi imaginación. Reconozco que, en ocasiones, el apego ciego a un pensamiento, con sus nocivas consecuencias, me ha pasado inadvertido. La honesta verdad, esperando sosegadamente en mi interior, ha quedado oculta tras la densa nube de una creencia no cuestionada.

También he comprobado que no son los pensamientos quienes se aferran a mi sino yo a ellos. Lo hago cuando los convierto en creencias inamovibles o cuando, luchando contra ellos,  trato de eliminarlos sin ofrecerles comprensión. 

Cuando me atasco de esa manera en alguna historia dolorosa, luego compruebo que, mientras soy inconsciente de ello, suelo separarme del ahora, incluyendo personas y situaciones, quedarme bloqueada en mis pensamientos sobre el pasado o el futuro, a la defensiva, tensa y negativa. Y aún cuando en la superficie aparezca frustración, enfado, rabia o tristeza, debajo supura un doloroso miedo.

La buena noticia es que aunque, por distracción, aún sigo tropezando con estas piedras también voy consiguiendo evitarlas.  He aprendido a cuestionar mis pensamientos, a descubrir qué emociones los acompañan, a detectar a qué actos me impulsan y a dejarme guiar, únicamente, por los que son verdad para mi corazón en paz. Cuando logro darme cuenta y mantengo abierta mi mente, me siento, sobre todo, en armonía con el momento presente. Y mi corazón sale contento a abrazar la realidad recordando así que estoy unida a ella.

Me ayuda mucho recordar que continuamente estoy dando un particular significado a todo lo que sucede. Y que son esas ideas, esos juicios, esas valoraciones las que generan lo que siento. Cuando crep que son los demás o determinadas situaciones las que me traen sufrimiento solo veo el camino de intentar convencer y controlar para producir un cambio fuera de mi. Pero ese intento me deja en manos de los demás como víctima impotente. Cuando recuerdo que la raíz de mi malestar empieza en mi interpretación de la realidad se abre un gran campo de acción bajo mi responsabilidad.

Para rastrear el pensamiento perturbador suelo poner por escrito la descripción de los hechos y luego completo estas frases: “Y eso para mi significa que…” o “E interpreto que eso quiere decir que…” Hacer este ejercicio por escrito me ayuda a tomar distancia de lo que pienso y así me resulta más fácil comprender que esas valoraciones no son mi identidad. Como poco soy el campo de conciencia dónde tienen lugar ess ideas. De esta forma me resulta más fácil cuestionarlas.

Seguidamente paso a comprobar si realmente ese punto de vista es verdadero para mi, aquí y ahora pues a menudo mantengo creencias que fueron verdaderas en el pasado o en otras condiciones o con otras personas y las proyecto al presente sin cuestionar su veracidad actual. 

Por eso también suelo preguntarme si, en este momento, puede haber otras maneras de contemplar la situación. Y entre esas perspectivas alternativas siempre incluyo mirar la realidad más allá de cualquier juicio sobre ella.  ¿Qué sentiría, cómo lo viviría, qué haría, cómo respondería si …? Sucede que cuando acepto recibir el ahora tal como se presenta, sin juzgarlo, cada momento me muestra un puente para unirme en paz a lo que es.

Cuando doy por buena una creencia, sin investigarla conscientemente,  y ésta no coincide con lo que está sucediendo, me siento mal. La vida es continuo cambio. Cuando intento atraparla en una estática y personal idea de lo que debería ser, me alejo de la realidad. Y si considero mi punto de vista inamovible quedo prisionera de él y del sufrimiento que me genera. Así que también tengo muy en cuenta y registro en mis notas los cambios de mis emociones cuando estoy afrontando la realidad desde el marco de unos pensamientos u otros. Intento ver muy claro lo que me aporta cada creencia y hacia qué tipo de conductas me impulsa.

A veces comprendo que estoy deseando tener razón como si en eso me fuera la vida. Sin embargo, la tensión que requiere ese esfuerzo me termina agobiando y me permite ver con claridad que lo que realmente deseo es sentirme serenamente en paz. Liberarme en vez de mantenerme encerrada, abrazar en vez de rechazar, unirme en vez de separarme y amar en vez de temer.

Es un trabajo personal que tiene que ver con la soberbia de creer que tengo la información suficiente para juzgar, especialmente cuando al rastrear los pensamientos me encuentro escribiendo frases que empiezan por “el o ella deberían ser así, o deberían hacer tal cosa…” o “esto no debería estar pasando…”

En este sentido me ayuda releer algo que escribí en “Lo que el corazón quiere contemplar”: “Si miras el camino que has ido dejando atrás, comprenderás que infinitos son los elementos que han posibilitado tal caminar. Infinito el caudal de energía desplegándose en luces y sombras, dimensiones, rumbos y geometrías. Infinita vida haciéndose y deshaciéndose para ir tejiendo la singular trama de tu laberinto vital. Tras esta contemplación puedes entender que desde la puntual e individual perspectiva no hay suficiente visión para determinar qué es digno de amor y qué no merece tal distinción. Así puedes llegar a comprender que para seguir creciendo tienes que confiar en la inteligencia de tu corazón, que es potente energía que convoca a la integración.”

Así, atreviéndome a cuestionar mis pensamientos, voy deshaciendo ese apego ciego a ellos y logro abrir mi mente lo suficiente para tener en cuenta lo que está diciendo mi corazón. Entonces recurro a la quietud. Confío una vez más en que siempre hay más de una forma de percibir cada situación y decido asomarme a aquella que surja de mi más profunda paz. Así que busco un lugar tranquilo y silencioso dentro y fuera de mi. 

Comienzo relajando las tensiones que localizo en mi cuerpo, voy llevando mi respiración a un ritmo sosegado y profundo y busco la calma que hay en lo más hondo de mi conciencia. Es la paz que ya había cuando era un bebé y existía sin más. Es una sensación que cuando la buscas por un instante, simplemente en el ahora de cada respiración, brota naturalmente.

En este punto es cuando, con frecuencia, siento como si algo cediera en mi interior, como si se hubiera deshecho una resistencia. Es como si cambiase una disposición interna. Paso de estar contraída por temor dentro del caparazón de mis juicios a entregarme con inocencia a lo que es, en ese presente.

Cuando alcanzo esa vibración vuelvo al tema que estaba afrontando conflictivamente y con ánimo de expandir mi percepción de ese asunto expreso en silencio la siguiente afirmación: “Confío en la inteligencia de mi corazón donde encuentro conocimiento y efectiva disposición para, aquí y ahora, vibrar en sintonía con todo lo que es y encontrar creativos cauces de acción desde la paz y la libertad de ser.” 

Y me mantengo en silencio, con confianza hasta sentirme en paz con esa situación. A veces encuentro cauces de acción concretos, a veces simplemente dejo de necesitar responder ante esos hechos o intuyo una comprensión no traducible en palabras pero sí en un bienestar interior. 

Lo que suelo comprobar después es que las primeras reacciones surgidas de la resistencia provocan más y más resistencia dentro y fuera de mi mientras que lo surgido tras la entrega consciente genera fluidez, coincidencias y apoyos inesperados. O una aceptación tranquila cuando no aparecen cauces posibles de acción.

No siempre logro completar estos pasos que hoy he querido compartir contigo pero los momentos felices en que sí lo consigo me llevan a pensar que quizá “para comprender la vida primero hay que amarla”. Bajo los duros juicios puede haber  semillas de amorosa percepción esperando brotar. Y está en nuestra mano permitir  que les alcance la claridad de la comprensión,  la cálida luz que emana de la inocencia en nuestro corazón.

Gracias por tu atención. Estaré encantada de leer tus comentarios. Abrazos y hasta pronto.

Pepa Arcay
Coach personal


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domingo, 14 de febrero de 2016

Es humano tropezar pero también, dejar de hacerlo


Reconozco que, hace tiempo, me creía aquello de que “el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”. Siguiendo el refranero solía repetirme eso otro de "a la tercera va la vencida". Y terminaba comprobando, con frustración y desasosiego que, una vez más, no era así.

Después descubrí este texto, cuyo autor desconozco, titulado “Autobiografía en cinco capítulos”. Y me di cuenta que la experiencia que describía, era mucho más cercano a la realidad. O al menos a la realidad que yo percibía, pues acostumbraba a tropezar más de dos veces, antes de aprender la lección:

 “Capítulo Uno
Voy caminando por la calle.
Hay un pozo enorme en la vereda.
Me caigo.
Estoy perdida. Estoy indefensa.
No fue culpa mía.
Me lleva toda una vida encontrar una salida.

Capítulo Dos
Voy caminando por la misma calle.
Hay un pozo enorme en la vereda.
Hago de cuenta que no está ahí.
Me caigo otra vez.
No puedo creer encontrarme otra vez en el mismo lugar.
Pero no fue culpa mía.
Me lleva un montón salir de ahí.

Capítulo Tres
Voy caminando por la misma calle.
Hay un pozo enorme en la vereda.
Veo que está ahí.
Me sigo cayendo. Es un viejo hábito.
Mis ojos están abiertos.
Sé dónde estoy.
Es mi responsabilidad.
Salgo enseguida.

Capítulo Cuatro
Voy caminando por la calle.
Hay un pozo enorme en la vereda.
Lo esquivo.

Capítulo Cinco
Voy caminando por otra calle.”

En la actualidad, ya peinando canas y habiéndole tomado el gusto a afrontar la vida con paciencia y sentido del humor, sobre todo, pienso que es posible cambiar. Pero a la vez acepto que, a veces, ni dos ni cinco tropiezos son suficientes para asimilar el aprendizaje. 

Así que dejando a un lado adicciones o hábitos autodestructivos graves que necesitarán de la intervención de un profesional de la salud, hoy quiero compartir contigo diez claves que te pueden ayudar a deshacerte, más pronto que tarde, de perniciosas rutinas. Porque considero que es humano tropezar pero también, dejar de hacerlo:

1.- Desarrolla tu capacidad de “darte cuenta”: Se trata de aprender a ser un buen observador de ti mismo y de las situaciones que vives. Puedes empezar intentando descubrir las costumbres que obstaculizan tu prosperidad, salud, alegría de vivir y bienestar general.  Hacer camino también implica quitar de en medio todo aquello que te impide avanzar a buen paso. Rastrea lo que piensas,  lo que sientes,  tus reacciones habituales,  tus conductas de evitación y sobre todo, esos momentos en los que se disparan automáticamente respuestas que desearías transformar. Se trata también de empliar tu campo de reflexión para determinar los pros y los contras de tus decisiones en el presente y a más largo plazo. Y de considerar las posibles consecuencias de tus acciones. Desarrollar la plena conciencia te ayuda a reconocer objetivamente lo que te sucede. Y reconocerlo es el paso previo para poder comprenderlo y transformarlo. Además, te sientes más fuerte cuando eres capaz de ver con serenidad, tus debilidades.

2.- Hazte enteramente responsable de tus acciones: Sin este paso, que te convierte en el consciente y responsable protagonista de tu propia historia, no hay cambio posible. Asumir tal responsabilidad implica aceptar también tus ignorancias y todo aquello de lo que aún no eres consciente. Aceptarlo te pondrá ante la necesidad de un mayor autoconocimiento. Y comprenderás, como decía el psiquiatra Viktor Frankl, que “Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino”.

3.- Comprende tu hábito en profundidad: Para hacerlo tienes que tener en cuenta que, aunque lo consideres una conducta nociva, esa costumbre está relacionada con algún tipo de recompensa emocional y además, es una dinámica que se pone en marcha en función de unos desencadenantes concretos. Si has estado observándote y tomado notas de tus reacciones, quizás ya has descubierto qué situaciones y qué sensaciones o pensamientos dan lugar a la conducta indeseable.  A veces, un mal hábito surge como forma de afrontar situaciones estresantes o aburridas y la recompensa llega en forma de tranquilidad o distracción.

4.- Elabora un plan de acción que incluya un compromiso:
Asegúrate que tu plan de acción sea claro y específico, que incluya plazos razonables, fechas de evaluación y formas concretas de premiar tu esfuerzo y resultados.  Añade, además, un compromiso por escrito contigo mismo o con alguien que hayas elegido para que te acompañe y apoye en este empeño. Cambia tus malos hábitos, uno por uno. Como dice el refrán: “el que mucho abarca, poco aprieta”. Es preferible trabajar a fondo en un tema hasta transformarlo completamente que tratar mucho asuntos de forma superficial y que, en poco tiempo, todo vuelva a lo de siempre y el cambio quede anulado. Si no puedes hacer mucho de golpe, haz algo cada día. Con compromiso, constancia y ritmo.

5.- Haz algunos cambios: Busca formas saludables de obtener los mismos beneficios que te aporta la mala costumbre. Ahora que ya has descubierto los desencadenantes, cambia de ambiente o de compañías si no son una buena influencia para ti en este momento. Y si eso no es posible hazte consciente del peligro y busca una forma positiva de lidiar con ello o reducir su impacto. Favorece las relaciones con persons que comprendan el proceso en el que estás y te apoyen en tus objetivos. Procura que las nuevas actividades te resulten atractivas y satisfactorias. Encuentra una forma de organizar tu tiempo que sea coherente con estas nuevas prioridades.

6.- Pon obstáculos: Para cambiar esa rutina perjudicial, ahora que has reconocido los momentos en los que aparece tal tentación, ponle dificultades que la conviertan en algo desagradable o complicado de realizar. Crear este tipo de barreras te ayudará, al menos, a no ceder automáticamente al impulso, dándote tiempo para una respuestas más consciente. Por el contrario, refuerza positivamente el hábito saludable que va a sustituir al nocivo.

7.- Visualiza tu éxito: Conecta con la fuerza de la motivación en tu corazón. Varias veces al día, cierra los ojos y dedica unos minutos a imaginarte situaciones en las que, pudiendo continuar con tu mal hábito, logras romperlo y disfrutas realizando una conducta diferente y positiva. Imagina también las consecuencias positivas que traerán los nuevos comportamientos y saboréa tus sensaciones, pensamientos y sentimientos por haberlo logrado. También te puede resultar de ayuda escribir esas escenas para así puedes leerlas diariamente y reforzar tu compromiso y motivación.

8.- Prémiate: Elige recompensas que puedas permitirte justo después de haber realizado la conducta deseada o alcanzado una meta fijada en tu plan de acción. Poco a poco, estos premios serán innecesarios porque aparecerán los beneficios innerentes al cambio de hábitos.

9.- Cultiva la paciencia, la compasión y el buen humor: Acepta de antemano que es humano tropezar y valora lo que has aprendido cada vez que vuelves a levantarte. No hagas de cada recaída una tragedia sino más bien añade a cada episodio, risas y compasión. La palabra humor empieza como humildad y acaba como amor. Cambiar habitos es complejo y requiere paciencia y perseverancia.

19.- Aprende a darte ánimo y ser amable contigo mismo:. Es el momento en el que más necesitas cuidar tu diálogo interior apra que sea positivo y alentador. Sé amable contigo mismo. Aunque tropieces muchas veces, como si se lo dijeras a tu mejor amigo, repítete a menudo, con cariño y convicción,  que “es posible, eres capaz y lo mereces”

Si como decía Aristóteles, “somos lo que hacemos de forma repetida”, creo que vale la pena aplicar plena conciencia y responsable compromiso en las rutinas diarias. Gracias por tu atención. Estaré encantada de leer tus comentarios. Abrazos y hasta pronto.

Pepa Arcay
Coach Personal



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domingo, 25 de octubre de 2015

¡Me lo voy a pensar mejor!

“Pienso luego existo” decía Descartes y posiblemente estarás de acuerdo conmigo en que la capacidad humana de reflexionar antes de actuar, en general, resulta ventajosa. Pero quizás también hayas podido constatar que, a veces, por mucho que te des tiempo para pensar, no logras salir de la confusión mental. Y es que pensar no es lo mismo que pensar bien. Con lo primero puedes contar por existir pero lo segundo puede requerir un cierto aprendizaje. El siguiente relato de la tradición judía ilustra bastante bien esta idea:


“Un joven que había estudiado lógica, acudió a un rabino y solicitó ser instruido en Talmud.
- "¿Lógica?", preguntó el rabino. "Dudo que eso sea suficiente para estudiar Talmud, pero te tomaré una prueba. Supongamos que dos hombres bajan por una chimenea, uno sale con la cara limpia y el otro con la cara sucia ¿Cuál se lava la cara?"
- "Eso es fácil, el de la cara sucia", respondió el estudiante.
- "Incorrecto", dijo el rabino. "El de la cara limpia. Veamos: el de la cara sucia mira al de la limpia y piensa que su cara también está limpia. El de la cara limpia mira al de la sucia y piensa que su cara está sucia, así que él se lava la cara."
- "No pensé en eso", admitió el joven. "Deme otra oportunidad."
- "Volvamos a empezar. Dos hombres bajan por una chimenea, uno sale con la cara limpia y el otro con la cara sucia ¿Cuál se lava la cara?", planteó el rabino.
- "Acabamos de responderlo: aquel con la cara limpia", contestó el estudiante.
- "No. Ambos se lavan la cara", dijo el rabino. "Aquel con la cara sucia mira al de la limpia y piensa que su cara está limpia también. Pero el de la cara limpia mira al de la sucia, y piensa que su cara también lo está, entonces se lava. Cuando el de la cara sucia ve que el de la limpia lava su cara, él también se lava. Por lo tanto ambos lavan su cara."
- "No me di cuenta de esa alternativa", expresó el joven. "Deme otra oportunidad."
- "Está bien. Dos hombres bajan por una chimenea, uno sale con la cara limpia y el otro con la cara sucia ¿Cuál se lava la cara?", preguntó el rabino.
- "Ambos lavan su cara", respondió con énfasis el estudiante.
- "No. Ninguno de los dos", dijo el rabino. "Aquel con la cara sucia mira al de la limpia y piensa que la suya también lo está. El de la cara limpia mira al de la sucia, y piensa que su cara también está sucia. Pero cuando él ve que el hombre de la cara sucia no se lava, él tampoco se lava. Por lo tanto ninguno se lava."
- "Una última oportunidad y le demostraré que puedo estudiar Talmud", pidió el joven.
- "Dos hombres bajan por una chimenea, uno sale con la cara limpia y el otro con la cara sucia ¿Cuál se lava la cara?", volvió a plantear el rabino.
- "Ninguno", exclamó triunfalmente el estudiante.
- "¿Ves ahora por que la lógica no es suficiente para estudiar Talmud?¿Cómo es posible que dos hombres que bajan por la misma chimenea, uno salga con la cara sucia y otra con la cara limpia? ¿No ves que la pregunta es tonta? Y si intentas contestar preguntas tontas, tu respuesta será tonta. Así que aprende algo más de lógica antes de que intentes estudiar el Talmud.", sugirió el rabino.”

Aunque no vayas a dedicarte a descifrar libros sagrados, cada vida ya es, por si misma, un libro abierto difícil de interpretar, así que hoy te propongo ocho estrategias que te pueden ayudar a pensar mejor. Se distinguen diferentes tipos de pensamientos según surjan de la actividad racional del intelecto o de las abastracciones de la imaginación. Así se habla de pensamiento deductivo, inductivo, crítico, analítico, lateral o divergente, por ejemplo. Las propuestas y ejercicios que te sugiero a continuación tienen en cuenta las características de la mayoría de ellos:

1.- Incluye en tu vida cotidiana, pausas y espacios para estar en silencio contigo mismo y escucharte en profundidad: Parece muy obvio pero es frecuente que uno no reflexione porque no se da tiempo para pensar. Así que empiezo con esta consideración cuyo objetivo es que logres tomar distancia de tu conversación interna y te ubiques en una posición de observador del curso de tus pensamientos. El silencio ayuda a escuchar el propio latido, el eco de una emoción y el rumor de una intuición

2.- Hazte preguntas que favorezcan la ampliación de tus puntos de vista: Para descubrir la verdadera dimensión de un asunto necesitas verlo desde distintas perspectivas. Si en tu mente no hay cabida para el misterio y las preguntas quizás es que los dogmas te aprisionan. Atreverte a dudar puede liberarte. Cuando te planteas preguntas que nunca te habías hecho obtienes respuestas que no habías imaginado y vislumbras nuevas posibilidades de acción. ¿Qué diferencia hay entre lo que creo que debo hacer, lo que siento que debo hacer y lo que deseo hacer? ¿Qué decisiones tomaría si supieras que voy a tener éxito?  ¿Qué me dice mi intuición? ¿Cuál es la decisión más fácil? ¿Cuál la que más me entusiasma? ¿Cuál es la decisión que siento más mía? ¿Qué haría si no creyera que es imposible? ¿Qué acciones emprendería si me sintiese libre?

3.- Detecta los pensamientos que te frenan y empieza por cuestionarlos:
A la vuelta de la esquina de una creencia limitadora te espera una nueva idea, otra emoción y diferentes campos de acción. Pero hay que dar la vuelta a esa esquina. Escribe los pensamientos negativos que vayas detectando y cuestiónalos, uno a uno, para descubrir en qué se basan y poder desmontar su solidez. Pregúntate: ¿A qué asunto se refiere este pensamiento? ¿Tengo la absoluta certeza de que es verdad? ¿En qué experiencias me apoyo para pensar esto? ¿Qué consecuencias tiene en mi vida pensar así? ¿Podría encontrar razones para pensar de alguna otra manera? Hay creencias que, como calles estrechas, te limitan la visión. Reconócelas, sal de ellas y verás un nuevo horizonte de posibilidades.

4. Observa los diferentes contextos de cada cuestion: El escritor griego Nicolas Papadalos cuenta una anécdota muy ilustrativa a este respecto: “Los niños del pueblecito griego en donde me crié teníamos que ir a la escuela de un pueblo vecino, que se encontraba a una hora de camino a pie. Mi madre me llevó el primer día de clases; para llegar a tiempo salimos de casa al amanecer. Cuando habíamos recorrido apenas 300 metros, me olvidé del objeto de aquella excursión. Quedé abstraído ante mi propia sombra, que avanzaba a zancadas y hacía que me sintiera un gigante de 30 metros de altura. De pronto, mi madre se detuvo, me miró directamente a los ojos y me aconsejó: No conemples tu sombra al amanecer, hijo,.... mírala al mediodía” Cuando reflexiones sobre una situación observa el contexto en el que se está desarrollando y también la atmósfera emocional desde la que lo estás contemplando. Las siguientes preguntas te pueden ayudar: ¿En qué consiste el problema? ¿Siempre sucede así o es un asunto temporal?  ¿En qué áreas o en relación a qué personas se manifiesta? ¿Qué creo que lo causa? ¿Qué otro  tipo de elementos pueden estar influyendo? ¿Estoy demasiado cansado, enfadado, abatido o ocupado para razonar? Antes de sacar conclusiones comprueba cual es tu perspectiva y con qué emoción está empañada tu mirada.

5.- Contempla tanto los aspectos positivos como los negativos y las posibles consecuencias:
Se trata de sopesar tanto los costes como los beneficios. Ten en cuenta tus esperanzas, las razones por las que crees que irá bien lo que estás pensando, los recuerdos de experiencias similares que también funcionaron, las ayudas con las que contarás, etc… Visualízate viéndote como protagonista de esas felices escenas. Después analiza la situación desde una perspectiva crítica. Ten en cuenta las posibles consecuencias negativas  tanto en el presente como a largo plazo, considerando además  las formas de prevenirlas, si las hubiera. Cultiva una atención equilibrada, sin caer en sesgos positivos o negativos, para ser capaz de descubrir tanto lo que puede mejorarse como lo que ya es una maravilla. Cuando veas más clara una opción pregúntate qué te mueve a decidirte por ella. Qué valores o qué prioridades te llevan a esa decisión. Teniendo en cuenta tus sueños y el tipo de vida que estás queriendo construir, ¿de qué manera afectaría tu decisión a esa trayectoria? ¿Esta decisión te acerca más a tu visión? ¿Saca lo mejor de ti y te permite seguir creciendo? De esta forma tendrás la seguridad de que lo que elijas, más allá de las consecuencias imprevistas, o la dificultad del momento, te ayudará a sentirte en paz contigo mismo.

6.- Atrévete a salir de tus líneas de pensamiento habituales:
Busca posibilidades alternativas y enfoques creativos antes las situaciones de tu vida.  Genera ideas que salgan de tus líneas de pensamiento habituales. Anímate a mirar más allá de lo evidente. Alejate de etiquetas, prejuicios y estereotipos que te encasillan en una única perspectiva del problema. Experimenta con diferentes opciones. Juega con analogías. La creatividad se alimenta de la diversidad y se divierte jugando a integrar opuestos. El caso es impedir que lo obvio obstruya la visión de una mejor opción. El físico Edward De Bono acuñó el término “pensamiento lateral” también llamado divergente o creativo, para denominar esta forma de pensar opuesto al pensamiento vertical, el cual incluye un pensamiento lógico y secuencial. Todo tipo de juegos de ingenio, rompecabezas o acertijos como los que te propongo a continuación (extraídos del libro "Ejercicios de pensamiento lateral" del ingeniero británico Paul Sloane), pueden ayudarte a desarrollarlo:
Acertijo A) “Tienes todos tus calcetines, sueltos, en un mismo cajón. Son calcetines blancos y negros únicamente. Se ha cortado la luz, estás a oscuras y debes vestirte y partir de inmediato al trabajo. ¿Cómo te aseguras de obtener dos calcetines iguales?”
Acertijo B) “Tu vecino ha olvidado su carnet de conducir en casa. Sin embargo, sale de casa, recorre tres calles en dirección prohibida, no se detiene en el semáforo, y en ningún momento toca la bocina. Un policía, que lo ve todo, no le multa ni le reprende. ¿Por qué lo deja ir tan tranquilamente?”
Acertijo C) “Un hombre entra en un bar y le pide al camarero un vaso de agua. El barman se arrodilla buscando algo, saca un arma y le apunta al hombre que le acaba de hablar. El hombre dice «gracias» y se va.” (Puedes ver las soluciones al final de estel artículo)

7.- Ten cuidado con las suposiciones, las generalizaciones y las conclusiones precipitadas:
El problema de las suposiciones comienza cuando las tomas como verdades absolutas, en vez de como alternativas dentro de un abanico de opciones (“Supongo que se ha dado cuenta…” “Es de suponer que se haya sentido cómodo …” “Doy por supuesto que vas a apoyarme…”) e inviertes en ellas tiempo y energía que restas de acciones como preguntar o comprobar. Para una mayor claridad mental, ante una preocupación, pregúntate: ¿Hecho,o suposición? Por otra parte, frases como “siempre pasa lo mismo, nadie me entiendie, nunca voy a lograrlo, etc” , son generalizaciones que te impiden descubrir la disficultad concreta a la que te estás enfrentando y por lo tanto, te impide también ver las posibles soluciones. Especificar aporta claridad y favorece la concentración en lo que es necesario tener en cuenta. Al suponer o generalizar puedes olvidarte del tamaño de la muestra y de la cantidad de información desde la que estás sacando conclusiones. Cuando estés pensando “esto es obvio” o “es normal”, pregúntate: ¿Para quién lo es? Considera la variada gama de matices que configura la realidad. Si tú solo admites blanco o negro cuestiona tu limitada percepción. En cuanto a las conclusiones precipitadas, el escritor Hanock McCarty, describe una anécdota que las refleja claramente:

“Un anciano está haciendo cola para subir al autobús y un joven que está detrás de él, le pregunta:
- "Perdone, ¿tiene fuego?"
- "¡No!" –le contesta algo enfadado el anciano.
El joven piensa: «No me muerdas», y pide fuego a otra persona.
Unos minutos más tarde, el anciano que tiene delante ¡¡¡enciende un cigarrillo!!!... Así que el joven le dice:
- "Oiga, ¿por qué me ha dicho que no tenía fuego cuando está claro que sí?"
- "Verá usted" –responde el anciano-. "Si le hubiera dado fuego, es probable que usted y yo nos hubiéramos puesto a hablar. Y si nos hubiéramos puesto a hablar, es probable que hubiéramos acabado sentándonos juntos en el autobús, es probable que hubiéramos acabado conversando. Usted parece un tipo agradable y es probable que hubiera empezado a caerme bien. Y entonces, podría haberle invitado a bajarse en mi parada para venir a casa a cenar. Y si usted hubiera venido a cenar, es probable que hubiera conocido a mi hija. Y si hubiera conocido a mi hija, es probable que hubiera salido con ella. Y si hubiera salido con ella, quién sabe, una cosa lleva a la otra, y es posible que todo hubiera acabado en boda... ¡y yo no quiero que ella se case con alguien que ni siquiera puede comprarse un encendedor!"

Como complemento a estas sugerencias, te invito a poner en práctica la visualización guiada “Abrir las ventanas, la mente y el corazón” que aquí te presento en audio. Es una forma de utilizar tu imaginación para conectar con tu inteligencia más intuitiva y confiar en su sabiduría. Esta meditación tiene como objetivo dejar ir los pensamientos limitadores y abrirte a recibir ideas creativas y constructivas que te ayuden en los asuntos que te preocupan:




Gracias por tu atención. Estaré encantada de leer tus comentarios. Abrazos y hasta pronto.

(Soluciones a los acertijos)
A) Tomas tres calcetines del cajón. Por lógica, tomarás dos negros y uno blanco, o dos blancos y uno negro, o tres del mismo color. Así te aseguras de tomar, al menos, dos calcetines del mismo color.
B) Tu vecino iba a pie, por lo que no está infringiendo ninguna norma de tráfico.
C) El camarero se da cuenta de que su cliente le pide agua porque tiene hipo y decide cortárselo con un buen susto

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Como ampliar tu perspectiva: Cuando el problema es tu forma de contemplar el problema. ¡No te quedes aprisionado en tus puntos de vista!

El peligro de suponer: Claves para evitar que las suposiciones arruinen tu comunicación.

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