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domingo, 21 de enero de 2018

Cómo despedirte bien de tu pasado y poner paz en tu memoria

El viaje de la vida, puede percibirse como un complejo recorrido hecho de encuentros y despedidas. Tarde o temprano hay que decir adiós a trozos de la existencia y dar la bienvenida a lo nuevo. Todo es pasajero pero a veces cuesta aceptar esta evidencia,

Y sea porque nos perturba su recuerdo o porque añoramos los momentos vividos, a veces el pasado actúa como un imán que atrae nuestra atención y atrapa la energía que queremos dedicar a disfrutar del presente, a desarrollar nuevos proyectos o simplemente a mantener plena consciencia del ahora.

En un relato de la tradición budista se cuenta que “un hombre iba caminando con dificultad por la orilla de un río y observó que la orilla opuesta era mucho más transitable. Pronto comprendió que no podía alcanzarla nadando porque la corriente era muy fuerte, así que paró, reunió los materiales necesarios y construyó una balsa. Subido en ella cruzó el río sin problemas.

Ya en la otra orilla, sintió tristeza al pensar en abandonar su embarcación. Consideraba todo un logro personal haberla construido y le gustaba contemplarla. De modo que decidió cargar con ella. Pero conforme iba pasando el tiempo sus pasos se hacían cada vez más torpes y lentos. A pesar de que el camino era más fácil, se iba quedando sin fuerzas, y empezó a preguntarse si realmente estaba preparado para realizar ese viaje. 

Cuando enfiló el camino que llevaba a la cumbre de la montaña y le resultó imposible escalarla se dio cuenta del desgaste que le estaba suponiendo llevar la balsa con él. Entonces decidió abandonar su carga. Volvió sobre sus pasos, dejó la balsa junto a la orilla para que otros viajeros pudieran utilizarla y siguió su camino más ligero y con paso más equilibrado.”

A menudo nos cuesta despedirnos de aspectos de nuestro pasado que significaron mucho para nosotros, sea porque sufrimos o disfrutamos con ellos. Y además de la dificultad para desprendernos de objetos o poner distancia en algunas relaciones también culpas, resentimientos, añoranzas o decepciones pueden llegar a pesar tanto que, por más dulce que aparezca el presente, nos amargan la experiencia. 

El pasado tiene un lugar y una función siempre que podamos acceder a él o soltarlo libre y conscientemente pero es un compañero tóxico cuando secuestra nuestra atención y nos bloquea la capacidad de acción.

Al comenzar un nuevo año es habitual afrontar nuevos retos aunque quizás no es tan común tomar consciencia de todo aquello que hemos de dejar atrás para que no nos reste energías  Sin embargo, desde mi punto de vista, la mejor manera de empezar un nuevo ciclo es cerrando bien el anterior. Considero que despedirse bien del pasado es el preámbulo necesario para poder dar la bienvenida al presente.

¿Cómo hacer para honrar el pasado y, a la vez, vivir un sano desapego? ¿Cómo equilibrar, ser sensibles a la dimensión afectiva de los vínculos con permitirnos fluir dentro la dinámica de cambio? 

No conozco recetas mágicas, pero en mi experiencia personal y profesional he comprobado que tener en cuenta los siguientes aspectos puede resultar muy útil y terapéutico:

1.- Darte cuenta: Observa hacia dónde va tu atención.

Llevar undiario sobre tus experiencias, preocupaciones, sentimientos y sueños puede mostrarte si el pasado está dominando tu enfoque. ¿Qué aspecto del pasado te tiene atrapado? ¿En qué escena no puedes dejar de pensar? ¿De qué recuerdo amargo no logras desprenderte? ¿Estás estancado en algún rencor? ¿Qué memoria nubla tu paz interior? ¿Qué etapa te resulta difícil cerrar?

También puede ayudarte repasar tus objetivos y descubrir lo que puede estar obstaculizando el avance en cada uno de ellos. Descubre lo que te ha sido útil en el pasado pero ahora es necesario transformar o soltar para que no te frene en tu camino.  ¿Te ayudaría probar con otra forma de organizar tu hogar, tu mesa de trabajo, tu economía o tu agenda? ¿Sería útil poner mejores límites en algunas relaciones? ¿Qué hábitos nocivos y ya caducos necesitas cambiar? ¿Acumulas ropa u objetos que te restan espacio y energía? ¿Asumes más responsabilidades de las que puedes atender? ¿Te aferras a creencias limitadoras? 

O puedes empezar haciendo un inventario de asuntos pendientes que te reclaman, desde tu pasado, para ser completados. ¿Prometiste algo que aún no has cumplido? ¿Tienes que responder alguna llamada incómoda que vas postergando? ¿Te hace falta pedir alguna disculpa? ¿Te gustaría expresar algún agradecimiento pendiente? ¿Qué reparaciones hay que hacer en tu casa? ¿En tus relaciones? ¿En tu salud? ¿Qué es lo que necesita ser ordenado? ¿En tus armarios? ¿Te prestaron dinero o cosas que aún no has devuelto?¿Olvidaste hacer algún regalo? ¿Qué palabras están pendientes de decir y qué penas y enfados esperan cauces de expresión? ¿Estás evitando alguna conversación necesaria? ¿Qué asuntos mantienes parados a la espera de tomar una decisión?

2.- Aceptar cómo te está afectando, en el presente, la memoria de tus experiencias pasadas.

Si has hecho un honesto análisis en el paso anterior habrás descubierto qué te está afectado y cómo, es decir, qué reacciones, bloqueos e insatisfacciones del presente tienen su raíz en acontecimientos del pasado. 

Fingir que eres insensible a esos recuerdos solo aumentará tu malestar. Es más saludable aceptar, es decir, darte permiso para sentir esas emociones y, regulándolas, poder liberarlas.

Aceptar, por ejemplo, la tristeza ante una pérdida o lo que hayas vivido como  tal. Aceptar la rabia ante la imposibilidad de cambiar los hechos del pasado. O aceptar el vacío que produce decir adiós a eso que durante tanto tiempo a formado parte de tu experiencia vital.

Observa lo que sientes actualmente al recordar esa experiencia. Ubica esos sentimientos en tu cuerpo sin intentar alterarlos. ¿Dónde la siento? ¿En qué parte del cuerpo se está manifestando? ¿Siento esa zona cerrada, abierta, pesada, vacía, ligera, dolida, o…? Inspira y al expirar céntrate en la zona donde sientes presente la emoción y lleva allí tus manos. Permanece un rato con las sensaciones que te van viniendo y observa sus cambios sin juzgar. Ofrece atención, reconocimiento y aceptación a esos sentimientos.

Ten en cuenta que procesar las emociones no significa ni reprimirlas ni aferrarte a ellas sino dejar que se hagan presentes, contemplarlas desde la mirada de tu compasivo corazón y soltarlas o encontrar cauces constructivos para aplicar su energía.

“Desprenderse de una fuente de apego duele porque el organismo está habituado y ha creado un condicionamiento, pero es un dolor curativo.” (Walter Riso) Entiende, también, que para experimentar estos pasos necesitarás tiempo y paciencia, encontrar tu propio ritmo de asimilación y respetar tus necesidades especiales mientras curan tus heridas. Considera, además, que si tus memorias son muy traumáticas o te sientes superado por su influencia te convendrá buscar ayuda profesional para elaborar el duelo.

3.- Rituales de despedida: Resulta muy terapéutico desarrollar rituales de despedida en soledad o acompañado por personas que puedan darte apoyo y consuelo. 

Es importante aceptar la ayuda, la compañía o el apoyo social pero también la inestabilidad emocional, la disminución energética o la necesidad de intimidad y aislamiento temporal. 

Aquí te sugiero cuatro propuestas que pueden dar fuerza a tu intención de soltar aspectos de tu pasado:

A) Cartas pendientes: Sea que finalmente las envíes a su destinatario o no, escribir cartas puede servirte para ordenar ideas, dar cauce a sentimientos no expresados y facilitar las despedidas.  Carta a un familiar fallecido al que aún no has dicho adiós, a un amigo a quien en su momento no agradeciste su apoyo, a un amor del pasado cuya ausencia aún no has superado, a ti mismo o al niño que hay en ti para darte ánimo y aliento ante un sueño que no ha podido ser. O escribe al miedo, al enfado, al rencor o a la tristeza que te abruman. 

Escribe lo que sientes, lo que piensas y lo que deseas. Agradece, antes de despedirte, lo que esa persona, situación o emoción te ha aportado y finalmente diles adiós. Lee la carta en voz alta las veces que sean necesarias permitiendo que surjan las emociones hasta que sientas que ya no tienes nada más que decir. Para terminar quema lo escrito y respira conscientemente mientras observas como el fuego va consumiendo la carta y la paz te va envolviendo.

B) Encuentra el aprendizaje y suelta lo que ya nada te aporta. A veces para poder soltar o dar por bien cerrado un asunto que no ha salido como querías, un paso esencial es extraer la enseñanza que te aporta. 

¿Qué es lo que he aprendido de esta experiencia? ¿Para qué me puede ser útil de aquí en adelante? 

Acepta que quizás nunca puedas comprender totalmente las razones de lo que sucedió, de los comportamientos  de otras personas o de tus propias reacciones en aquel momento. Pero puedes determinar para qué te vaa servir esta experiencia, qué es lo que puedes aprender de ella y cómo este aprendizaje puede mejorar tu vida. 

Después imagina que metes en un globo de helio todo aquello que ya no solo no te aporta nada sino que te pesa y retrasa, como rencores o vanas añoranzas. Y visualiza que lo sueltas observando cómo se lo lleva el viento hasta que desaparece de tu horizonte. Mientras lo ves alejarse recuerdasque, en la mochila de tu experiencia, ha quedado lo que sí valió la pena vivir y guardar. Respira hondo y sonríe dando la bienvenida a una nueva sensación de más paz y equilibrio.

C) La caja de los recuerdos: En ocasiones no es necesario dejar ni soltar pero resulta útil guardar algunos recuerdos cuya presencia, al menos de momento, te perturba. 

Elije un lugar o una caja donde, por un tiempo, coloques todo aquello que te remita a una experiencia que aún te duele. Quizás regalos, cartas o fotos de una relación rota, de un familiar fallecido, de un hogar que dejaste atrás o un trabajo que has perdido, por ejemplo. 

Una vez hayas superado el duelo puedes volver a ver el contenido allí guardado y decidir, más serenamente, que hacer con él. A veces necesitamos tiempo, sin que nada roce nuestra herida, para asimilar el cambio y soltar amarres con las vivencias del pasado.

D) Nada se pierde, todo se transforma. Considerarnos formando parte de un todo, en infinita y creativa evolución, nos ayuda a ver los cambios como transformaciones y no como rupturas o pérdidas. 

"Estamos hechos de polvo de estrellas. No es sólo una frase poética; es una realidad. En un universo joven, compuesto principalmente de hidrógeno y helio, las estrellas que se inmolaron para convertirse en superenovas dieron origen a casi todos los demás elementos químicos y los dispersaron por el espacio. Con el transcurso del tiempo, se condensaron para crear nuevas estrellas, sistemas solares y, finalmente, la vida misma. Así, en cierto sentido, el impulso de entender las estrellas es parte de la trama de la existencia humana." (Karen Wright)

4.- Enfócate en el presente: El pasado no lo puedes cambiar pero puedes cambiar tu realidad actual poniendo tu atención en los aspectos mejorables y encontrando actitudes positivas para frontar aquello que es inevitable y no se puede modificar.

¿Estás idealizando el pasado? Quizás lo añoras tanto porque solo recuerdas lo positivo. Podrías utilizar la misma mirada para contemplar el presente y apreciar su riqueza y las oportunidades de disfrutar, amar y aprender que te ofrece. 

Aprecia la belleza de lo que es y te será fácil mantener ahí tu atención. Te propongo practicar a menudo el ejercicio del agradecimiento. que consiste en poner tu atención, durante varios minutos, en todo aquello que valoras y ya está presente en tu vida. Comienza a elaborar una lista con todo lo que vaya surgiendo y cada vez que realices el ejercicio, añade nuevos motivos de gratitud.

Deja, además,  que tu atención vaya de la mano de tu curiosidad, como cuando eras niño y el presente ocupará tu tiempo. Cultiva la actitud de los viajeros que captan los matices de los fugaces instantes. Abiertos al asombro, intuyendo lo maravilloso. Si en cada situación buscas motivos para admirar, agradecer y compartir, tu ánimo mejorará y crecerán tus ganas de vivir. 

Desarrolla tu capacidad de asombro. Aunque todo parezca igual, a cada instante todo es diferente y así visto, el presente resulta apasionante. Estés donde estés disfruta eligiendo la belleza como centro de atención

¿Te asusta algo del presente, te disgusta, te resulta insoportable y te refugias en los recuerdos del pasado para olvidarlo? ¿De qué estás escapando? Haz un buen uso de los recuerdos: ¿Piensas que no vas a poder? Busca experiencias en tu historia que te demuestren que otras veces pudiste. ¿Piensas que es demasiado para ti? Busca en tu memoria momentos en que te sentiste superado y sin embargo encontraste el camino de salida. 

Escribe sobre los momentos desuperación más importantes de tu vida. Experiencias que hablen de tu capacidad de afrontar adversidades y transformarlas en oportunidades para crecer y aprender. Cada vez que consigas realizar un cambio positivo, reconócelo, celébralo y añádelo también a ese registro y repasa esas notas cuando quieras reforzar tu autoconfianza.

Soltarte del pasado te permite entrar en el espacio de poder donde es posible preguntarte: ¿Qué puedo hacer ahora? Y avanzar. Abrirte al cambio supone dar permiso para que lo desconocido ocurra aquí y ahora formando parte de tu experiencia. En este audio, te propongo una visualización cuyo objetivo es entrar en contacto con aspectos de tu pasado que aún no han podido ser y facilitar su expresión. Quizás un talento que quedó oculto, una pasión reprimida, un proyecto a desarrollar o un sueño por cumplir. 




Hacer las paces con el pasado supone que podemos evocar su memoria para recoger aprendizaje, alegría y fortaleza aplicables al presente. A su vez, dentro de esa espiral de evolución que, a veces,  parece dibujar la vida, el presente es el único territorio donde podemos fundar buenos recuerdos que nos sostengan y animen en el futuro. Tal como lo expresó Benedetti:

“…un recuerdo amorosamente fundado
nos limpia los pulmones nos aviva la sangre
nos sacude el otoño nos renueva la piel
y a veces convoca lo mejor que tenemos
el trocito de hazaña que nos toca cumplir.”

Gracias por tu atención. Estaré encantada de leer tus comentarios. Abrazos y hasta pronto.

Pepa Arcay
Coach peronal
p.arcay@la-llamada.com



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Y también ...


"En el fondo de tu corazón están esperando los sueños no cumplidos y todo el amor que aún no ha podido ser. Date permiso para vivirlos." (“Lo que el corazón quiere contemplar”) 

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domingo, 23 de abril de 2017

Deshaciendo el apego ciego a un pensamiento

En un relato de la tradición hindú se cuenta de “un hombre que tenía un hijo al que amaba profundamente. Por algún motivo se vio obligado a viajar y tuvo que dejar a su hijo en casa. El niño tenía ocho años y su padre lo amaba profundamente. 

Habiéndose enterado de la partida del dueño de la casa, unos bandoleros aprovecharon su ausencia para entrar en ella y robar todo lo que contenía. Descubrieron al jovencito y se lo llevaron con ellos, no sin antes incendiar la casa.

Cuando el padre regresó a su hogar se encontró con la casa derruida por el incendio. Alarmado, buscó entre los restos calcinados y halló unos huesecillos, que dedujo eran los del cuerpo abrasado de su hijo. Con ternura infinita, los introdujo en un saquito que se colgó al cuello, junto al pecho, convencido de que aquéllos eran los restos del niño. 

Tiempo después, el hijo logró escapar de los perversos bandoleros y, tras poder averiguar dónde estaba la nueva casa de su padre, corrió hasta ella e insistentemente llamó a la puerta.

¿Quién es? -preguntó el padre.
Soy tu hijo -contestó el niño.
No, no puedes ser mi hijo -repuso el hombre, abrazándose al saquito que colgaba de su cuello-. Mi hijo murió.
No, padre, soy tu hijo. Conseguí escapar de los bandoleros.
 Vete, ¿me oyes? Vete y no me molestes -ordenó el hombre, sin abrir la puerta y aprisionando el saquito de huesos contra su pecho. Mi hijo está conmigo.
 Padre, escúchame; soy yo.
 ¡He dicho que te vayas! -replicó el hombre-. Mi hijo murió y está conmigo. 
Y no dejaba de abrazar el saquito de huesos.”

Aunque el relato guarda un sentido metafórico, lo cierto es que más de una vez, como el protagonista del cuento, yo también he llegado a negar la realidad creyendo equivocadamente que un vínculo afectivo estaba muerto o muy deteriorado. Y he sufrido innecesariamente por encerrarme en una historia dolorosa que solo estaba sucediendo en mi imaginación. Reconozco que, en ocasiones, el apego ciego a un pensamiento, con sus nocivas consecuencias, me ha pasado inadvertido. La honesta verdad, esperando sosegadamente en mi interior, ha quedado oculta tras la densa nube de una creencia no cuestionada.

También he comprobado que no son los pensamientos quienes se aferran a mi sino yo a ellos. Lo hago cuando los convierto en creencias inamovibles o cuando, luchando contra ellos,  trato de eliminarlos sin ofrecerles comprensión. 

Cuando me atasco de esa manera en alguna historia dolorosa, luego compruebo que, mientras soy inconsciente de ello, suelo separarme del ahora, incluyendo personas y situaciones, quedarme bloqueada en mis pensamientos sobre el pasado o el futuro, a la defensiva, tensa y negativa. Y aún cuando en la superficie aparezca frustración, enfado, rabia o tristeza, debajo supura un doloroso miedo.

La buena noticia es que aunque, por distracción, aún sigo tropezando con estas piedras también voy consiguiendo evitarlas.  He aprendido a cuestionar mis pensamientos, a descubrir qué emociones los acompañan, a detectar a qué actos me impulsan y a dejarme guiar, únicamente, por los que son verdad para mi corazón en paz. Cuando logro darme cuenta y mantengo abierta mi mente, me siento, sobre todo, en armonía con el momento presente. Y mi corazón sale contento a abrazar la realidad recordando así que estoy unida a ella.

Me ayuda mucho recordar que continuamente estoy dando un particular significado a todo lo que sucede. Y que son esas ideas, esos juicios, esas valoraciones las que generan lo que siento. Cuando crep que son los demás o determinadas situaciones las que me traen sufrimiento solo veo el camino de intentar convencer y controlar para producir un cambio fuera de mi. Pero ese intento me deja en manos de los demás como víctima impotente. Cuando recuerdo que la raíz de mi malestar empieza en mi interpretación de la realidad se abre un gran campo de acción bajo mi responsabilidad.

Para rastrear el pensamiento perturbador suelo poner por escrito la descripción de los hechos y luego completo estas frases: “Y eso para mi significa que…” o “E interpreto que eso quiere decir que…” Hacer este ejercicio por escrito me ayuda a tomar distancia de lo que pienso y así me resulta más fácil comprender que esas valoraciones no son mi identidad. Como poco soy el campo de conciencia dónde tienen lugar ess ideas. De esta forma me resulta más fácil cuestionarlas.

Seguidamente paso a comprobar si realmente ese punto de vista es verdadero para mi, aquí y ahora pues a menudo mantengo creencias que fueron verdaderas en el pasado o en otras condiciones o con otras personas y las proyecto al presente sin cuestionar su veracidad actual. 

Por eso también suelo preguntarme si, en este momento, puede haber otras maneras de contemplar la situación. Y entre esas perspectivas alternativas siempre incluyo mirar la realidad más allá de cualquier juicio sobre ella.  ¿Qué sentiría, cómo lo viviría, qué haría, cómo respondería si …? Sucede que cuando acepto recibir el ahora tal como se presenta, sin juzgarlo, cada momento me muestra un puente para unirme en paz a lo que es.

Cuando doy por buena una creencia, sin investigarla conscientemente,  y ésta no coincide con lo que está sucediendo, me siento mal. La vida es continuo cambio. Cuando intento atraparla en una estática y personal idea de lo que debería ser, me alejo de la realidad. Y si considero mi punto de vista inamovible quedo prisionera de él y del sufrimiento que me genera. Así que también tengo muy en cuenta y registro en mis notas los cambios de mis emociones cuando estoy afrontando la realidad desde el marco de unos pensamientos u otros. Intento ver muy claro lo que me aporta cada creencia y hacia qué tipo de conductas me impulsa.

A veces comprendo que estoy deseando tener razón como si en eso me fuera la vida. Sin embargo, la tensión que requiere ese esfuerzo me termina agobiando y me permite ver con claridad que lo que realmente deseo es sentirme serenamente en paz. Liberarme en vez de mantenerme encerrada, abrazar en vez de rechazar, unirme en vez de separarme y amar en vez de temer.

Es un trabajo personal que tiene que ver con la soberbia de creer que tengo la información suficiente para juzgar, especialmente cuando al rastrear los pensamientos me encuentro escribiendo frases que empiezan por “el o ella deberían ser así, o deberían hacer tal cosa…” o “esto no debería estar pasando…”. 

En este sentido me ayuda releer algo que escribí en “Lo que el corazón quiere contemplar”: “Si miras el camino que has ido dejando atrás, comprenderás que infinitos son los elementos que han posibilitado tal caminar. Infinito el caudal de energía desplegándose en luces y sombras, dimensiones, rumbos y geometrías. Infinita vida haciéndose y deshaciéndose para ir tejiendo la singular trama de tu laberinto vital. Tras esta contemplación puedes entender que desde la puntual e individual perspectiva no hay suficiente visión para determinar qué es digno de amor y qué no merece tal distinción. Así puedes llegar a comprender que para seguir creciendo tienes que confiar en la inteligencia de tu corazón, que es potente energía que convoca a la integración.”

Así, atreviéndome a cuestionar mis pensamientos, voy deshaciendo ese apego ciego a ellos y logro abrir mi mente lo suficiente para tener en cuenta lo que está diciendo mi corazón. Entonces recurro a la quietud. Confío una vez más en que siempre hay más de una forma de percibir cada situación y decido asomarme a aquella que surja de mi más profunda paz. Así que busco un lugar tranquilo y silencioso dentro y fuera de mi. 

Comienzo relajando las tensiones que localizo en mi cuerpo, voy llevando mi respiración a un ritmo sosegado y profundo y busco la calma que hay en lo más hondo de mi conciencia. Es la paz que ya había cuando era un bebé y existía sin más. Es una sensación que cuando la buscas por un instante, simplemente en el ahora de cada respiración, brota naturalmente.

En este punto es cuando, con frecuencia, siento como si algo cediera en mi interior, como si se hubiera deshecho una resistencia. Es como si cambiase una disposición interna. Paso de estar contraída por temor dentro del caparazón de mis juicios a entregarme con inocencia a lo que es, en ese presente.

Cuando alcanzo esa vibración vuelvo al tema que estaba afrontando conflictivamente y con ánimo de expandir mi percepción de ese asunto expreso en silencio la siguiente afirmación: “Confío en la inteligencia de mi corazón donde encuentro conocimiento y efectiva disposición para, aquí y ahora, vibrar en sintonía con todo lo que es y encontrar creativos cauces de acción desde la paz y la libertad de ser.” 

Y me mantengo en silencio, con confianza hasta sentirme en paz con esa situación. A veces encuentro cauces de acción concretos, a veces simplemente dejo de necesitar responder ante esos hechos o intuyo una comprensión no traducible en palabras pero sí en un bienestar interior. 

Lo que suelo comprobar después es que las primeras reacciones surgidas de la resistencia provocan más y más resistencia dentro y fuera de mi mientras que lo surgido tras la entrega consciente genera fluidez, coincidencias y apoyos inesperados. O una aceptación tranquila cuando no aparecen cauces posibles de acción.

No siempre logro completar estos pasos que hoy he querido compartir contigo pero los momentos felices en que sí lo consigo me llevan a pensar que quizá “para comprender la vida primero hay que amarla”. Bajo los duros juicios puede haber  semillas de amorosa percepción esperando brotar. Y está en nuestra mano permitir  que les alcance la claridad de la comprensión,  la cálida luz que emana de la inocencia en nuestro corazón.

Gracias por tu atención. Estaré encantada de leer tus comentarios. Abrazos y hasta pronto.

Pepa Arcay
Coach personal


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viernes, 15 de abril de 2016

Diez pasos para evitar que una decepción se torne resentimiento

Si alguien te defrauda o te perjudica es lógico y sano que aparezca un sentimiento inicial de enfado. Pero si esa emoción no se resuelve y vuelve a aparecer una y otra vez, como un disco rayado, significa que estás resentido.

Todo resentimiento hunde alguna de sus raíces en una decepción mal gestionada. Quizás una persona no ha respondido como esperabas, quizás tú mismo no has estado a la altura que deseabas o la misma vida te ha sorprendido con unas circunstancias que no son de tu agrado. El caso es que te sientes decepcionado, te cuesta aceptar que eso haya sucedido y te resistes a asimilar esa experiencia aunque sepas que no puedes cambiar los hechos. Te debates entre la sorpresa, el rechazo, el enfado y la rabia y, tras alimentar durante un tiempo esa hoguera emocional, con un discurso interno negativo, el resentimiento te va quemando.

Albergar resentimiento siempre resulta doloroso pues es como mantener una herida abierta. Cualquier roce te va a provocar sufrimiento y va a resultar agotador tener que controlar las circunstancias para no sentirte dañado. Es fácil que te muestres hostil hacia el entorno, muy sensible e inusualmente desconfiado en las relaciones.

No obstante, antes de sentirte dañado por el mismo rencor puede que no lo reconozcas o creas que tiene sus ventajas. Quizás, para evadirte del dolor, intentas convencerte de que no ha pasado nada o quizás en el papel de víctima, proyectando una y otra vez la culpa fuera de ti, te sientes inocente, otros te ofrecen su compasivo apoyo o simplemente te permite evitar hacerte responsable de tu bienestar diciéndote estár en manos de un pasado que no puedes cambiar.

Anthony de Mello en su libro “Un minuto para el absurdo”, ofrece una buena metáfora de esta situación: “La gente no está dispuesta a renunciar a sus celos y preocupaciones, a sus resentimientos y culpabilidades, porque estas emociones negativas, con sus 'punzadas', les dan la sensación de estar vivos, dijo el Maestro. Y puso este ejemplo: Un cartero se metió con su bicicleta por un prado, a fin de atajar. A mitad de camino, un toro se fijó en él y se puso a perseguirlo. Finalmente, y después de pasar muchos apuros, el hombre consiguió ponerse a salvo. Casi te agarra, ¿eh?, le dijo alguien que había observado lo ocurrido. Sí, respondió el cartero, como todos los días..”

El riesgo es que, tarde o temprano el toro del resentimiento puede atraparte y bloquear  tu avance. La buena noticia es que puedes evitarlo. Es por eso que hoy quiero compartir contigo diez pasos que pueden ayudarte a recuperar el equilibrio  emocional tras una decepción y a impedir que se convierta en un resentimiento:

1.- Para hacerte claramente consciente de la situación empieza preguntándote ¿qué o quien me ha decepcionado?. Describe, por escrito, los hechos que sucedieron y las interpretaciones que has hecho de los mismos. Contextualiza la situación, descarta suposiciones, comprueba si te falta información y recoge los datos que necesites para tener una visión lo más objetiva posible.

2.- Observa lo que sientes actualmente al recordar esa experiencia. Ubica esos sentimientos en tu cuerpo sin intentar alterarlos. Ofrece atención, reconocimiento y aceptación a esos sentimientos. Ayúdate de la respiración para tomar más y más consciencia de esas sensaciones. Inspira y al expirar centrate en la zona donde sientes presente la emoción. Mantén unos minutos de atención respetuosa.

3.- Combina el responder por escrito a las preguntas que te sugiero con la atención consciente a la energía emocional que vaya apareciendo. ¿Qué es lo que más me molesta de esta situación? ¿Qué es lo que más me enfada?¿Qué me duele de todo esto? ¿Qué me inquieta? ¿Cuál es el miedo más profundo que se ha despertado? Una y otra vez, tras escribir las respuestas haz pausas para atender las emociones.

4.- Descubre qué es lo que quedó pendiente. ¿Por qué éste es un tema importante para mi? ¿Cuáles son los valores que han sido vulnerados? No hay respuestas correctas o incorrectas, simplemente son datos relevantes para comprenderte mejor. Acepta la pena por esa valor no atendido. Dale atención y espacio en tu conciencia. Contempla la belleza de ese valor y reconoce lo importante que es para ti..

5.- Transforma las culpas en responsabilidades.  ¿Quién creo que es el causante de lo sucedido? ¿Tuve yo alguna responsabilidad? Acepta que los demás tienen otro mapa de la realidad, otros valores y quizás sus intereses pueden chocar con los tuyos. No se trata de justificar comportamientos sino de intentar comprender algunas razones detrás de esas conductas. Mirar al otro y mirarte con compasión independientemente de que decidas o no pedir responsabilidades o alguna compensación por los daños ocasionados.

6.- Encuentra el aprendizaje. A veces para poder soltar o dar por bien cerrado un asunto que no ha salido como querías, un paso esencial es extraer la enseñanza que te aporta. Así que responde por escrito a la pregunta  ¿qué es lo que he aprendido de esta experiencia? ¿Para qué me puede ser útil de aquí en adelante? Acepta que quizás nunca puedas comprender totalmente las razones de lo que sucedió, de los comportamientos  de otras personas o de tus propias reacciones en aquel momento. Pero puedes determinar para qué te va a servir esta experiencia, qué es lo que puedes aprender de ella y cómo este aprendizaje puede mejorar tu vida.

7.- Reconoce lo que no está en tu mano cambiar y responsabilízate de lo que está dentro de tu campo de influencia. ¿Qué quiero que pase? ¿Y qué lograré si obtengo eso? ¿Qué deseo verdaderamente ¿ ¿Qué puedo hacer o pedir para conseguir lo que quiero? ¿Qué necesito hacer para sentirme en paz conmigo mismo, aunque no consiga lo que quiero?

8.- Lleva a cabo lo que hayas considerado que te ayudará a sentirte en paz con esta situación. Quizás quieras pedir una reparación a la persona que te perjudicó, quizás lo que necesites es una explicación o una disculpa. Puede ser que necesites dejar caer la idealización  que mantenías sobre alguien o algo y aceptar lo que es tal cual es porque se escapa a tu control. O quizás tienes que poner paciencia y compasión. Sea como sea hazte cargo de tu responsabilidad sobre tu bienestar y actúa en consecuencia.

9.- Una vez llegado a este punto establece un compromiso contigo mismo de dejar de rumiar sobre este asunto.  Imagina como sería tu vida sin ese apego de tu mente. Cuando te des cuenta que vuelves sobre ello, no luches ni te enfades, simplemente recuerda que es un asunto que has cerrado y que decides poner la atención en otra cosa que sea beneficiosa para ti. Distráete, busca algo que capte tu atención o que te guste hacer. Te puede ayudar repetir la frase: “No está en mi mno cambiar esta mala experiencia del pasado pero aquí y ahora puedo vivir algo hermoso”.

10.-  Por último, para interiorizar más el propósito de soltar y dejar atrás este mal recuerdo,  te propongo que realices la visualización guiada que te relato en este audio:


La decepción puede llegar como una marea inesperada. Atiéndela pronto y encauza bien su caudal emocional para que no se convierta en un río de resentimiento que te desborde.

Gracias por tu atención. Estaré encantada de leer tus comentarios. Abrazos y hasta pronto.

Pepa Arcay
Coach Personal


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Estaré encantada de atenderte.

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domingo, 14 de febrero de 2016

Es humano tropezar pero también, dejar de hacerlo


Reconozco que, hace tiempo, me creía aquello de que “el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”. Siguiendo el refranero solía repetirme eso otro de "a la tercera va la vencida". Y terminaba comprobando, con frustración y desasosiego que, una vez más, no era así.

Después descubrí este texto, cuyo autor desconozco, titulado “Autobiografía en cinco capítulos”. Y me di cuenta que la experiencia que describía, era mucho más cercano a la realidad. O al menos a la realidad que yo percibía, pues acostumbraba a tropezar más de dos veces, antes de aprender la lección:

 “Capítulo Uno
Voy caminando por la calle.
Hay un pozo enorme en la vereda.
Me caigo.
Estoy perdida. Estoy indefensa.
No fue culpa mía.
Me lleva toda una vida encontrar una salida.

Capítulo Dos
Voy caminando por la misma calle.
Hay un pozo enorme en la vereda.
Hago de cuenta que no está ahí.
Me caigo otra vez.
No puedo creer encontrarme otra vez en el mismo lugar.
Pero no fue culpa mía.
Me lleva un montón salir de ahí.

Capítulo Tres
Voy caminando por la misma calle.
Hay un pozo enorme en la vereda.
Veo que está ahí.
Me sigo cayendo. Es un viejo hábito.
Mis ojos están abiertos.
Sé dónde estoy.
Es mi responsabilidad.
Salgo enseguida.

Capítulo Cuatro
Voy caminando por la calle.
Hay un pozo enorme en la vereda.
Lo esquivo.

Capítulo Cinco
Voy caminando por otra calle.”

En la actualidad, ya peinando canas y habiéndole tomado el gusto a afrontar la vida con paciencia y sentido del humor, sobre todo, pienso que es posible cambiar. Pero a la vez acepto que, a veces, ni dos ni cinco tropiezos son suficientes para asimilar el aprendizaje. 

Así que dejando a un lado adicciones o hábitos autodestructivos graves que necesitarán de la intervención de un profesional de la salud, hoy quiero compartir contigo diez claves que te pueden ayudar a deshacerte, más pronto que tarde, de perniciosas rutinas. Porque considero que es humano tropezar pero también, dejar de hacerlo:

1.- Desarrolla tu capacidad de “darte cuenta”: Se trata de aprender a ser un buen observador de ti mismo y de las situaciones que vives. Puedes empezar intentando descubrir las costumbres que obstaculizan tu prosperidad, salud, alegría de vivir y bienestar general.  Hacer camino también implica quitar de en medio todo aquello que te impide avanzar a buen paso. Rastrea lo que piensas,  lo que sientes,  tus reacciones habituales,  tus conductas de evitación y sobre todo, esos momentos en los que se disparan automáticamente respuestas que desearías transformar. Se trata también de empliar tu campo de reflexión para determinar los pros y los contras de tus decisiones en el presente y a más largo plazo. Y de considerar las posibles consecuencias de tus acciones. Desarrollar la plena conciencia te ayuda a reconocer objetivamente lo que te sucede. Y reconocerlo es el paso previo para poder comprenderlo y transformarlo. Además, te sientes más fuerte cuando eres capaz de ver con serenidad, tus debilidades.

2.- Hazte enteramente responsable de tus acciones: Sin este paso, que te convierte en el consciente y responsable protagonista de tu propia historia, no hay cambio posible. Asumir tal responsabilidad implica aceptar también tus ignorancias y todo aquello de lo que aún no eres consciente. Aceptarlo te pondrá ante la necesidad de un mayor autoconocimiento. Y comprenderás, como decía el psiquiatra Viktor Frankl, que “Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino”.

3.- Comprende tu hábito en profundidad: Para hacerlo tienes que tener en cuenta que, aunque lo consideres una conducta nociva, esa costumbre está relacionada con algún tipo de recompensa emocional y además, es una dinámica que se pone en marcha en función de unos desencadenantes concretos. Si has estado observándote y tomado notas de tus reacciones, quizás ya has descubierto qué situaciones y qué sensaciones o pensamientos dan lugar a la conducta indeseable.  A veces, un mal hábito surge como forma de afrontar situaciones estresantes o aburridas y la recompensa llega en forma de tranquilidad o distracción.

4.- Elabora un plan de acción que incluya un compromiso:
Asegúrate que tu plan de acción sea claro y específico, que incluya plazos razonables, fechas de evaluación y formas concretas de premiar tu esfuerzo y resultados.  Añade, además, un compromiso por escrito contigo mismo o con alguien que hayas elegido para que te acompañe y apoye en este empeño. Cambia tus malos hábitos, uno por uno. Como dice el refrán: “el que mucho abarca, poco aprieta”. Es preferible trabajar a fondo en un tema hasta transformarlo completamente que tratar mucho asuntos de forma superficial y que, en poco tiempo, todo vuelva a lo de siempre y el cambio quede anulado. Si no puedes hacer mucho de golpe, haz algo cada día. Con compromiso, constancia y ritmo.

5.- Haz algunos cambios: Busca formas saludables de obtener los mismos beneficios que te aporta la mala costumbre. Ahora que ya has descubierto los desencadenantes, cambia de ambiente o de compañías si no son una buena influencia para ti en este momento. Y si eso no es posible hazte consciente del peligro y busca una forma positiva de lidiar con ello o reducir su impacto. Favorece las relaciones con persons que comprendan el proceso en el que estás y te apoyen en tus objetivos. Procura que las nuevas actividades te resulten atractivas y satisfactorias. Encuentra una forma de organizar tu tiempo que sea coherente con estas nuevas prioridades.

6.- Pon obstáculos: Para cambiar esa rutina perjudicial, ahora que has reconocido los momentos en los que aparece tal tentación, ponle dificultades que la conviertan en algo desagradable o complicado de realizar. Crear este tipo de barreras te ayudará, al menos, a no ceder automáticamente al impulso, dándote tiempo para una respuestas más consciente. Por el contrario, refuerza positivamente el hábito saludable que va a sustituir al nocivo.

7.- Visualiza tu éxito: Conecta con la fuerza de la motivación en tu corazón. Varias veces al día, cierra los ojos y dedica unos minutos a imaginarte situaciones en las que, pudiendo continuar con tu mal hábito, logras romperlo y disfrutas realizando una conducta diferente y positiva. Imagina también las consecuencias positivas que traerán los nuevos comportamientos y saboréa tus sensaciones, pensamientos y sentimientos por haberlo logrado. También te puede resultar de ayuda escribir esas escenas para así puedes leerlas diariamente y reforzar tu compromiso y motivación.

8.- Prémiate: Elige recompensas que puedas permitirte justo después de haber realizado la conducta deseada o alcanzado una meta fijada en tu plan de acción. Poco a poco, estos premios serán innecesarios porque aparecerán los beneficios innerentes al cambio de hábitos.

9.- Cultiva la paciencia, la compasión y el buen humor: Acepta de antemano que es humano tropezar y valora lo que has aprendido cada vez que vuelves a levantarte. No hagas de cada recaída una tragedia sino más bien añade a cada episodio, risas y compasión. La palabra humor empieza como humildad y acaba como amor. Cambiar habitos es complejo y requiere paciencia y perseverancia.

19.- Aprende a darte ánimo y ser amable contigo mismo:. Es el momento en el que más necesitas cuidar tu diálogo interior apra que sea positivo y alentador. Sé amable contigo mismo. Aunque tropieces muchas veces, como si se lo dijeras a tu mejor amigo, repítete a menudo, con cariño y convicción,  que “es posible, eres capaz y lo mereces”

Si como decía Aristóteles, “somos lo que hacemos de forma repetida”, creo que vale la pena aplicar plena conciencia y responsable compromiso en las rutinas diarias. Gracias por tu atención. Estaré encantada de leer tus comentarios. Abrazos y hasta pronto.

Pepa Arcay
Coach Personal



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