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martes, 27 de junio de 2017

¿Qué hago con mi enfado? 4 pasos para convertirlo en algo beneficioso

El enfado es una de esas emociones que no tienen buena prensa y, quizá por eso, cuesta recibirlo como un aliado en la búsqueda de bienestar. Si sufres a menudo las consecuencias negativas de enfadarte más de la cuenta quizá consideres merecida su mala reputación. Sin embargo, el enfado, como toda emoción, si lo atiendes y lo gestionas bien puede guiar constructivamente tus acciones.

“Cuando se experimenta una emoción, dice Fredy Kofman en su excelente obra “Metamanagement”, se incurre en una "deuda emocional". Para "saldarla" hace falta un "pago" en términos de acciones efectivas. Si uno paga, respondiendo conscientemente a las demandas e impulsos de la emoción, recibe un beneficio por responder, aprende su lección y sigue adelante con su vida. Pero si rehúsa pagar, relegando la emoción a la incosciencia, debe soportar el coste de no responder: la deuda comienza a acumular "intereses" y crece en forma exponencial. Si la deuda excede cierto nivel, uno cae en la "quiebra" emocional: un estado de ánimo negativo recalcitrante.”

En la raíz del enfado siempre hay una historia (verdadera o imaginada) que lo genera: la creencia de que, sea por un comportamiento o por una acción que perjudica o puede perjudicar, se transgreden límites significativos respecto a la propia escala de valores. El enfado actúa entonces como un mecanismo de defensa frente el malestar que se siente al interpretar que alguna necesidad no está atendida. Debajo del enojo también se puede reconocer tristeza por el sufrimiento y miedo por lo que se puede llegar a sufrir. De manera que, como sucede siempre con la llegada de una emoción, si conscientemente la reconoces, la aceptas y la escuchas, te puede aportar valiosa información sobre la percepción de tu mundo interior y exterior. Información que te abre la posibilidad de encontrar una acción efectiva para establecer nuevos limites más saludables.

Se siente seguridad y fortaleza al comprobar que se es capaz de afrontar los desafíos, reparar los daños o minimizar el riesgo de que vuelvan a producirse. Una buena canalización del enfado te pone en disposición de proteger aquello que te importa, te conecta con el respeto hacia ti mismo y hacia los otros y te afirma en la fuerza de saber que te definen tus propias acciones y no las de los demás.

Por el contrario, si no resuelves tu disgusto, fácilmente te sentirás impotente y manipulable por tu entorno. El enfado irá tansformándose en resentimiento, rencor y odio. A veces podrás mostrar una calmada y superficial sumisión pero estallará tu ira cuando y contra quien menos la merece.

No obstante, aunque en teoría se vean claros los beneficios de gestionar bien el enfado, no es fácil lograrlo. Si compruebas que se desgastan tus relaciones por frecuentes discusiones sobre temas irrelevantes, si respondes con cólera injustificada demasiadas veces, si a menudo pierdes el control enredado en tu propia espiral de pensamientos hostiles (al estilo de Groucho Marx en el vídeo que aquí te incluyo), te será útil aplicar las propuestas que hoy comparto contigo. 



Cuatro pasos  cuyo objetivo es encauzar constructivamente tu enfado (o sus sinónimos como la ira, rabia, indignación, cólera, etc) antes de que tal emoción te inunde el ánimo en forma incontrolable:

1.- Hazte consciente de tu enfado y acepta esa experiencia emocional:

No podrás hacerte cargo de tus emociones si antes no las descubres. Tu cuerpo te puede ayudar en esta tarea siempre que lo observes y aprendas a entenderlo. 

Empieza por tener en cuenta los gestos que sueles adoptar cuando estás enfadado. Quizás frunces el ceño, cierras los puños, aprietas las mandíbulas, o tensas los músculos del estómago, por ejemplo. ¿Dónde sueles sentir el enojo, la rabia o la ira? Si mejoras tusconsciencia corporal podrás descubrir tus emociones cuando todavía puedes atenderlas sin que te dominen.

 Para conseguirlo te sugiero parar tu actividad en cuanto notes algún pequeño signo de irritación. Haz una inspiración profunda y pregúntate: ¿Qué parte de mi está tensa? Y centrándote en esa zona,  date tiempo, espacio y tranquilidad para sentir tu enfado, respirarlo y darle espacio en tu consciencia, sin prejuicios. Acepta sentir sin evaluar, simplemente estando presente en la experiencia. No mejorarás la gestión de tu enojo si al reconocerlo lo juzgas negativamente y lo censuras. Recuerda que reconocer con respeto una emoción no significa dejarte capturar por ella. Tienes capacidad para ser testigo neutral y con esa disposición podrás obtener valiosa información para comprenderte más y mejor. En el artículo “Quince pausas para la autoayuda” encontrarás más ideas para mejorar tu autoconciencia.

2- Aprende a dialogar con tu enfado para poder entenderlo:

Una cosa es tu vida y otra lo que te cuentas sobre ella. Utilizando tu capacidad de razonar, descubre los pensamientos que subyacen a tu enfado y analiza su validez. Usa un lenguaje que te sitúe en un papel protagonista y no como víctima. Por ejemplo: “Me siento enfadado”, en vez de: “Esa persona me saca de quicio”.

Reflexiona por escrito en cuanto te des cuenta que un asunto te ha molestado. ¿Cuál ha sido el detonante? ¿qué necesidad no está atendida? ¿qué está faltando? ¿qué daño se ha producido? ¿quién consideras que lo ha provocado? ¿qué límite crees que se ha transgredido? ¿en qué forma te sientes amenazado? ¿qué evidencia tienes de todo esto?

Cuetiona las suposiciones, separa hechos de interpretaciones y descarta las generalizaciones, prejuicios y exageraciones. Te ayudará revisar el artículo “Cómo lograrentender, entenderte y que te entiendan mejor”, donde se hace un repaso de las distorsiones cognitivas más frecuentes tanto en el diálogo con uno mismo como en las conversaciones con los demás.

3.- Comprueba, antes de pasar a la acción, si tu enfado es proporcionado:

Cuando la rabia va creciendo es muy fácil caer en la sobreactuación y eso no solo puede restar efectividad a tu respuesta sino que puede traerte complicaciones añadidas e innecesarias.  A veces el cansancio físico, el estrés excesivo o una tendencia al perfeccionismo pueden propiciar una reacción desmesurada. Por eso es importante posponer cualquier respuesta hasta encontrar una perspectiva ponderada de la situación. Al aparecer el enojo pregúntate: ¿Mi grado de enfado es proporcional al grado de importancia del asunto que lo concierne?

Si consideras que la intensidad de tu ira es demasiado elevada prueba a reencuadrar, reinterpretar y ampliar la perspectiva de lo sucedido. Si alguien te ha faltado al respeto, o un amigo no ha respondido como esperabas, en vez de pararte a buscar otras situaciones anteriores similares que intensificarán tu malestar, reflexiona sobre lo que les ha podido suceder a esas personas para actuar así, o relativiza la importancia del agravio imaginando la poca importancia que tendrá ese hecho para ti dentro de unos años, por ejemplo. No se trata de disolver el enfado sino simplemente de rebajarlo a un nivel que sea manejable y te permita encauzarlo.

También puedes probar a equilibrar tu estado emocional buscando motivos de agradecimiento hacia las personas con las que estás enfadado. Igualmente te ayudará encontrar alguna perspectiva de la situación que incluya una buena porción de sentido del humor para desdramatizar el tema.

Además, puede ser necesario soltar el exceso de tensión en tu cuerpo. Tómate unos minutos para desahogarte de la forma que mejor te siente. Corre, salta, baila, grita, dúchate o boxea con tu cojín favorito. El caso es que logres relajarte expresando tu enfado y liberando el exceso de energía. El objetivo es sentirte con más autocontrol para poder actuar con asertividad y eficacia. Te puede resultar útil repasar el artículo “Cómo lograr que el sosiego sustituya a laprecipitación” donde encontrarás más ideas para frenar la impulsividad excesiva.

4. Elige una acción constructiva que, canalizando tu enfado, atienda tu necesidad:

Cada emoción tiene una demanda específica, relacionada con la percepción de la situación que la origina. Si atiendes esa demanda, la emoción fluirá y te sentirás en paz interior pero si no la atiendes, la emoción se estancará y aumentará el malestar. 

No obstante,  tienes que asegurarte que las acciones que elijas como respuesta realmente sean efectivas, es decir, te ayuden verdaderamente. No fuera que te suceda como al protagonista de este relato del psiquiatra y escritor Jorge Bucay:

Había una vez un hombre que iba por el mundo con un ladrillo en la mano. Había decidido que cada vez que alguien le molestara hasta hacerle rabiar, le daría un ladrillazo. El método era un poco troglodita, pero parecía efectivo, ¿no?.

Sucedió que se cruzó con un amigo muy prepotente que le habló con malos modos. Fiel a su decisión, el hombre agarró el ladrillo y se lo tiró. No recuerdo si le alcanzó o no, pero el caso es que después, tener que ir a buscar el ladrillo, le pareció incómodo. Decidió entonces mejorar el “Sistema de Autopreservación del Ladrillo”, como él lo llamaba. 

Ató al ladrillo un cordel de un metro y salió a la calle. Esto  permitía que el ladrillo nunca se alejara demasiado, pero pronto comprobó que el nuevo método también tenía sus problemas: por un lado, la persona destinataria de su hostilidad tenía que estar a menos de un metro y, por otro, después de arrojar el ladrillo tenía que tomarse el trabajo de recoger el hilo que, además, muchas veces se liaba y enredaba, con la consiguiente incomodidad.

Entonces el hombre inventó el “Sistema Ladrillo III”. El protagonista seguía siendo el mismo ladrillo, pero este sistema, en lugar de un cordel llevaba un resorte. Ahora el ladrillo podía lanzarse una y otra vez y regresaría solo, pensó el hombre. Al salir a la calle y recibir la primera agresión, tiró el ladrillo. Erró, y no pegó en su objetivo porque, al actuar el resorte, el ladrillo regresó y fue a dar justo en la cabeza del hombre.

Lo volvió a intentar y se dio un segundo ladrillazo por medir mal la distancia. El tercero, por arrojar el ladrillo a destiempo. El cuarto fue muy particular porque, tras decidir dar un ladrillazo a una víctima, quiso protegerla al mismo tiempo de su agresión, y el ladrillo fue a dar de nuevo en su cabeza. El chichón que se hizo era enorme…

Nunca supo por qué no llegó a pegar jamás un ladrillazo a nadie: si por los golpes recibidos o por alguna deformación de su ánimo. Todos los golpes fueron siempre para él mismo.

Dependiendo de la honestidad y la profundidad con la que hayas respondido a las preguntas del segundo paso de este ejercicio, te será más o menos fácil encontrar las acciones adecuadas. Sobre todo en lo que se refiere a las preguntas: ¿qué necesidad no está atendida? ¿qué está faltando? 

Teniendo en cuenta tus respuestas ahora se trata de encontrar la acción más constructiva. Entendiendo por tal aquella que está en nuestra mano,  reduce o elimina la amenaza, molestia o peligro y lo hace con la menor cantidad de daño posible para uno mismo o los demás.

Quizá se trate de hallar alguna forma de expresar tu reclamación, minimizar el perjuicio, establecer un límite protector, autoafirmarte u obtener alguna reparación o reconocimiento, por ejemplo. ¿Hay algo que puedas pedir, consensuar, mejorar o cambiar? Si nada de eso es posible quizás tengas que pensar en acciones simbólicas como escribir una carta aunque nunca la envíes, elaborar un duelo o perdonar. Busca las opciones a tu alcance y elige la que más te pueda ayudar a recuperar tu equilibrio y sentirte en paz.  

Resulta muy saludable enfocar el enfado como una posibilidad de mejorar asertivamente tu experiencia. Te animo a repasar el artículo "Entre la pasividad y la agresividad, elige la asertividad" donde podrás encontrar más sugerencias para encontrar respuestas efectivas a tus desafíos.

Además, si te centras en buscar soluciones, descubriendo tus necesidades no atendidas y buscando la forma de cubrirlas también podrás comprender más fácilmente las necesidades de la persona con la que te has enfadado y las razones de su comportamiento. Pero si simplemente te quedas en el enfado, reprimiéndolo o dejándote llevar inconscientemente por su impulso, te estancas en la superficie sin descubrir la raíz de la experiencia y, por tanto, sin posibilidad de atender la verdadera demanda que la originó.

Por eso lo importante es que tu acción vaya encaminada, no a eliminar el enfado temporalmente como puede suceder con la venganza o a mantenerlo indefinidamente como pasa con el rencor, sino a atender la verdadera necesidad sobre la cual te  ha alertado dicho enfado. 

Si la acción que eliges es efectiva no se volverá contra ti como el “ladrillo boomerang” del relato, sino que servirá para construir relaciones más saludables contigo mismo y con los demás.

Gracias por tu atención. Me alegrá leer tus comentarios y sugerencias. Abrazos y hasta pronto.

Pepa Arcay
Coach Personal




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domingo, 21 de mayo de 2017

Moldea tu entorno para que te moldee positivamente

Si quieres hacer dieta convendrá que llenes tu nevera de alimentos adecuados. Si quieres  meditar te ayudará tener un espacio en tu casa donde puedas estar tranquilo y en silencio. Si tienes que superar un examen te será útil una mesa ordenada donde colocar solo lo necesario para estudiar sin distracciones. O si quieres hacer deporte tendrás que guardar tiempo en tu agenda para ese fín.

Estos son solo algunos ejemplos para mostrarte  que además de contar con tu entusiasmo y fuerza de voluntad, que a veces pueden flaquear, puedes  contar con tu entorno si sabes transformarlo en un factor colaborador.  

El entorno te influencia y tú puedes moldearlo para que, a su vez,  te moldee positivamente. Se trata de diseñarlo en forma tal que te apoye en tus propósitos, sosteniendo tu motivación y ayudándote a minimizar esfuerzos y optimizar rendimientos. Te propongo nueve pasos que te ayudarán en este empeño:

1.- Cada objetivo tiene su entorno ideal así que una vez que tengas claro lo que quieres lograr puedes empezar preguntándote: ¿cómo sería un entorno colaborador para este asunto? En general, un buen entorno es cualquier aspecto de tu vida que funcione como estructura de apoyo para tus propósitos. Puede tratarse de personas que te den soporte, tecnología que te facilite la vida, programas que te ayuden a sistematizar procesos y crear hábitos, espacios que te inspiren, formación que te ayude a evolucionar o grupos con intereses similares que refuercen tu motivación, por ejemplo.

 2.- Concreta los recursos que consideras más necesarios. Crear un entorno colaborador es como formar un equipo para que no tengas que depender solo de ti mismo. Por ejemplo, si te has propuesto pensar más positivamente y quieres repetir, cada cierto tiempo, palabras que te aportan un enfoque constructivo, sería muy estresante tener que recordar los momentos programados para hacerlo. Pero si activas alertas en tu móvil, podrás relajarte confiando en que te avisará puntualmente cuando llegue el momento de repetir tu frase inspiradora.

3.- Encuentra las diferencias: Una vez que hayas repasado todos los elementos que podrían transformar lo que te rodea en un entorno colaborador, pregúntate: ¿qué diferencias presenta esta visión con mi entorno actual? ¿qué cambios serían los más determinantes? ¿Cuáles son los que ya puedo llevar a cabo?

4.- Descubre los entornos nocivos: Quizá te des cuenta que que algunos de tus entornos actuales no solo no son colaboradores sino que contribuyen a frenar tu avance. Empieza por atender esas áreas. Y cuando tengas bien claros los cambios que quieres realizar, haz una lista, prioriza los más urgentes y pasa a la acción. Si quieres dedicar un tiempo a estudiar y en tu hogar no hay espacio para concentrarte sin interrupciones, estudia en la biblioteca más cercana. Si estás haciendo dieta y te resulta difícil seguirla comiendo con tus compañeros de trabajo, aprovecha para caminar hasta algún parque y come allí.

5.- Mucho de lo que te rodea puede convertirse en un entorno favorable para la consecución de un determinado objetivo. Si al mirar a tu alrededor piensas que nada puede apoyarte, repasa otra vez lo que necesitas,  coméntalo con tu familia, amigos o profesionales que puedan ampliar tu punto de vista   Observa otros entornos y los beneficios que les aportan a personas con necesidades similares a las tuyas.  

6.- En ocasiones resulta difícil superar las resistencias  ante el cambio. Te puede resultar tranquilizador empezar por detectar, valorar y agradecer  primero lo que ya funciona bien y establecer mejoras sobre ello. Quizá no necesitas un armario nuevo pero te puede resultar más efectivo otro sistema de ordenar tu ropa en su interior  o cambiar la ruta de paseo con tu mascota puede ser la oportunidad para hacer más ejercicio físico o usar Internet para revisar las ofertas antes de hacer la compra mensual en tu supermercado preferido  te ahorraría dinero, por ejemplo.  Empezar simplemente mejorando algunas áreas puede lograr una gran transformación del conjunto y un aporte de confianza para emprender cambios más drásticos.

7.- Conviene, además, que diseñes entornos sostenibles que no necesiten, para mantenerlos,  más esfuerzo que el que te ahorran.  Si decides hacer cambios en tu terraza para convertirla en un espacio más acogedor pues quieres tener más momentos de tranquilidad al aire libre, procura que el cuidado que requieran las plantas y el mobiliario que escojas no reste demasiado tu tiempo de relax.
 
8.- No te olvides de evaluar: Para detectar estos errores de cálculo conviene que tras implementar un cambio evalúes su rendimiento en relación a lo que querías obtener al aplicarlo. La evaluación también te ayudará a que la inercia no te lleve de vuelta a las antiguas situaciones o costumbres.

9.- Diseñar paso a paso y rediseñar: Recuerda que la creación de nuevos hábitos requiere esfuerzo hasta que no están consolidados y empiezan a aportarte seguridad y beneficios.  Por lo tanto,  puede resultar conveniente ir paso a paso en vez de afrontar muchos cambios a la vez. E ir rediseñando conforme afrontas distintos retos que suponen diferentes necesidades.

Lo importante es que contemples la posibilidad de perfeccionar tu entorno para transformarlo en un sistema que te permita descargarte obligaciones, que te sirva de filto ante posibles distracciones,  que te refuerce en tu motivación y te apoye con efectividad en tu camino.  ¡Harás más con menos esfuerzo y la vida te resultará más fácil!

Gracias por tu atención. Me encantará leer tus comentarios. Abrazos y hasta pronto.

Pepa Arcay
Coach Personal

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domingo, 11 de diciembre de 2016

Luces parpadeantes para el árbol de tu vida

A estas alturas de Diciembre, en muchos hogares tiene lugar un ritual que, a niños y mayores, encandila. Y digo encandilar porque se encienden sonrisas, aumenta el brillo en los ojos y aunque no sea nada nuevo lo que se contempla, los corazones laten un poco más aprisa, cómo esperando que saltan chispas de sorpresa.

De algún rincón de la casa se recupera una caja que en su interior guarda figuras, bolas, lazos y estrellas de todos los colores, guirnaldas de materiales brillantes, largas sartas de pequeñas bombillas y las esperanzas invisibles de buenos sentimientos, obsequios y los mejores deseos compartidos. Un invierno más se van a adornar árboles con lo más hermoso guardado en esas cajas y con todo lo nuevo que se elabore o encuentre en los mercadillos navideños.

Hoy, ese ritual, me ha parecido que hablaba de la vida del ser humano en su afán de mantener viva la esperanza. Cada invierno revisando lo acontecido a lo largo del año, tratando de rescatan lo más preciado y añadiendo lo descubierto y aprendido para lograr que siga brillando nuestra existencia.

 Y es que creo que más allá de las diferencias, todos tenemos una preciosa caja en la que vamos guardando aquello que más nos humaniza y, en algunas noches del alma, desplegamos su contenido para recordar lo que somos y lo que podemos llegar a ser. Cada cual tiene sus tácticas para encender su existencia y me resulta inspirador ver las infinitas formas de hacer brillar el árbol de la vida.

Hoy, quiero mostrarte el contenido de mi propia caja. Frases que representan todo aquello que me ayuda a seguir creciendo y a disfrutar en el intento.  Percepciones que que mantienen mi ánimo sereno, mi esperanza intacta y,  aunque sea parpadeante, por aquello de que no hay día sin noche, mi alegría de ser, encendida.

Cuando adorno el árbol navideño suelo hacerlo por partes, intentando que brille de forma armoniosa y esté bien equilibrada la distribución de adornos y colores. De la misma manera, estas guirnaldas de ideas y sugerencias también están ordenadas en referencia a las diez relaciones que configuran mi forma de afrontar el mistrio de existir:

1.- Relación con la vida:
Para comprender la vida primero hay que amarla. Creo que nadie lo sabe todo de ella. Por eso, en ese misterio, puede encontrar acomodola más brillante esperanza. En el fondo de la vida siempre queda mucha espontánea alegría y mucha inocencia por nacer.A veces, más allá de lo que somos capaces de entender, es posible intuir una belleza  una armonía y unos órdenes del amor que hablan de plenitud, paz y alegría. Puede parecer que tu vida se rompe cuando solo es que la vida está haciendo una ventana en el muro levantado por tus miedos. Para quien mantiene viva su curiosidad, la vida es una contínua aventura de descubrimiento. Ante la incertidumbre sobre lo que la vida te traerá mañana, céntrate en la certeza de lo que tú vas a entregar hoy a la vida. Por muy escarpada que sea la costa de tu vida si no pierdes de vista el faro del amor, llegarás a buen puerto.

 2. Relación con uno mismo:
Quererte bien supone encontrar un buen equilibrio entre aceptarte y superarte. No abandones tu creatividad. La música de la vida quiere sonar a tu través. ¡Dejate oír! La oportunidad siempre está donde estás tú porque eres tú quien puede hacer de todo una oportunidad. Potencia lo que de ti te enorgullezca pero sobre todo comprende lo que te avergüenza. Y sea como sea tu ventana a la vida ¡asómate a ella! Si quieres conocerte prepárate para sorprenderte. Si quieres comprenderte empieza por amarte.

3.- Relación con los propios valores:
¿Qué es lo que más te importa en la vida? Ese es tu nortepersonal. Asegúrate de estar poniendo ahí tu mejor esfuerzo. Es inquietante pensar que la vida no tiene sentido pero es tranquilizador comprobar que que la vida tiene el sentido que cada uno quiera darle. Para hacer tu camino necesitas tener buenas razones y no que todo el mundo te de la razón. Si no le encuentras sentido a tu vida pon amor a todo lo que haces le darás sentido a cada instante.

4.- Relación con tus emociones:
Aquello que temes es algo que todavía no has aprendido a amar. La vida, buena maestra, quiere enseñarte. Lo que te enfada de ti mismo también está en la ira que proyectas hacia los otros. La sanadora reconciliación ha de abarcar ambas emociones. Reír a carcajadas es un acto liberador sobre todo cuando te estás riendo de ti mismo. Todas las emociones guardan información útil. Hay que sentirlas para entenderlas y después, dejarlas fluir y encauzar su energía.

 5.- Relación con tus pensamientos:
No te creas todo lo que te dicen. Cultiva tu propio criterio. No te creas todo lo que te dices. Cuestiona tus pensamientos. Cuando un “por qué” no te ayude a aprender cambialo por un “para qué”  Las excusas se volverán oportunidades y las trustraciones, resultados. No etiquetes como necesario lo que solo es preferible o sentirás una innecesaria angustia cuanto te falte lo que no es imprescindible. Si piensas desde el amor enfocas tu mente en la dirección adecuada para encontrar más amor.

 6.- Relación con tus sueños:
Permitirte soñar es ayudar al niño que hay en ti a descubrir un nuevo horizonte. Su entusiasmo te dará la energía necesaria para llegar juntos a ese soñado confín. Sea cual sea tu sueño para verlo cumplido tienes que pisar firme en el terreno de tu realidad. Prepárate calzando tu paso con  disciplina, entusiasmo, amor y plena atención. Si tu mente tiene claro el objetivo, a tu corazón le apasiona y aplicas tu mejor voluntas, activarás tu poder creador. ¿Te gusta la persona en la que te estás convirtiendo al intentar alcanzar  tus metas? Eso importa más que las propias metas. ¡No te peirdas por el camino!

7.- Relación con tus actitudes:
La mejor perspectiva para descubrir maravillas la consigues asomándote a la ventana de la gratitud. Siempre hay razones para la gratitud. Sea por lo que recibes o por lo que puedes entregar. Todo viene, florece y se va. Tú además puedes tomar consciencia de esa experiencia. Honra esa capacidad. Te sientes libre cuando ves que puedes ser feliz de muchas maneras sin necesitar ninguna de ellas para ser feliz. Si buscas motivos para admirar, agradecer y compartir, verás crecer tu alegría de vivir. Veas el vaso medio vacío o medio lleno lo importante es que vayas buscando una fuente.

8.- Relación con tus acciones:
Ama lo que haces y mantén abierta la ventana de la esperanza a todo aquello que confías llegar a hacer. Por poco que sepas, si lo aplicas,avanzas. Por mucho que sepas, te estancas si no lo aplicas. Tarde o temprano encontrarás piedras en el camino. Lo que importa es lo que decidas hacer con ellas. Todo te ayuda a alcanzar la cima. También el camino empinado que ahora subes aunque parezca frenarte. Que lo que no puedes hacer no te distraiga de loque sí está en tu mano lograr.. Si no tienes tiempo para todo procura que todo lo que consideres importante tenga su tiempo.

9.- Relación con los demás:
Para ir de corazón a corazón sigue el camino de la empatía. Los prejuicios son malos atajos. Para desarrollar empatía primero hay que dejar de criticar. Ponerte en el lugar del otro para comprender sin juzgar. Lo que recibes de los demás depende de ellos. Pero solo tú decides lo que les ofreces. Esa es tu libertad y tu responsabilidad. Atrévete a contemplar todo lo que sientes y atrévete también a poner límites a lo que consientes. Por miedos y prejucios cerramos la puerta del corazón  No dejamos entrar y nos impedimos salir. ¡Hay tanto amor que aún no ha podido ser!

10.- Relación con el pasado, presente y futuro:
No importa que todo pase cuando sabes que un momento también te puede saber a eternidad. Necesitas pausa y silencio para aprender del pasado, contemplar con grtitud el presente y soñar un mejor futuro. Regálate momentos de sosiego. No puedes cambiar lo que hiciste en el pasado pero puedes cambiar tú, ahora, para que el futuro sea diferente. Qué valorar lo que fue no te impida abrazar el presente para disfrutar de lo que es.

No hay dos árboles de Navidad iguales, como no hay dos vidas idénticas. Pasear por la ciudad en estas fechas y observar los abetos iluminados en las plazas, los escaparates o tras las ventanas es como observar los variopintos intentos humanos de encender la vida aún en medio de la oscuridad de guerras, odios, miserias y desesperos. Hay algo, en esta perseverante inocencia que me conmueve.  Me encanta como expresó Mario Benedetti este sentimiento en su poema “¿Por qué cantamos?”:

“Si cada hora viene con su muerte
si el tiempo es una cueva de ladrones
los aires ya no son los buenos aires
la vida es nada más que un blanco móvil
usted preguntará por qué cantamos

si nuestros bravos quedan sin abrazo
la patria se nos muere de tristeza
y el corazón del hombre se hace añicos
antes aún que explote la vergüenza
usted preguntará por qué cantamos

si estamos lejos como un horizonte
si allá quedaron árboles y cielo
si cada noche es siempre alguna ausencia
y cada despertar un desencuentro
usted preguntará por que cantamos

cantamos porque el río está sonando
y cuando suena el río / suena el río
cantamos porque el cruel no tiene nombre
y en cambio tiene nombre su destino
cantamos por el niño y porque todo
y porque algún futuro y porque el pueblo
cantamos porque los sobrevivientes
y nuestros muertos quieren que cantemos
cantamos porque el grito no es bastante
y no es bastante el llanto ni la bronca
cantamos porque creemos en la gente
y porque venceremos la derrota
cantamos porque el sol nos reconoce
y porque el campo huele a primavera
y porque en este tallo en aquel fruto
cada pregunta tiene su respuesta
cantamos porque llueve sobre el surco
y somos militantes de la vida
y porque no podemos ni queremos
dejar que la canción se haga ceniza.”


Gracias por tu atención. Te deseo lo mejor ahora y siempre y te invito a escribir tus comentarios. Abrazos y hasta pronto.

Pepa Arcay
Coach Personal

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martes, 31 de mayo de 2016

Mejor que preocuparte, ocuparte

Se cuenta, en un relato anónimo de la tradición judía,  que “un día el burro de un campesino se cayó en un pozo. El animal relinchó por horas mientras el campesino trataba de buscar la forma de ayudarle.  Finalmente pensó que el burro ya estaba viejo y el pozo necesitaba ser tapado con urgencia, así que decidió echar tierra para solucionar los dos problemas a la vez. Para ir más rápido pidió ayuda a sus vecinos.

 El burro al notar lo que se le venía encima empezó a relinchar con más fuerza pero después de un rato se aquietó. La gente no lo veía y pensaba que habría quedado enterrado pero lo que realmente sucedía era que estaba ocupándose de quitarse de encima la tierra que le arrojaban con cada palada.

Al poco tiempo, para sorpresa de todos, empezaron a verse las orejas del asno que, apoyándose en la tierra que se sacudía y caía al suelo, estaba logrando elevarse. Cuando llegó a la altura de la boca del pozo, dando un salto, salió corriendo alegremente dejando boquiabiertos a sus supuestos enterradores.”

Como el burro protagonista del cuento, en algunos momentos de nuestra vida, podemos tener la sensación de que haber tocado fondo en el pozo de algún problema. Suelen ser momentos de angustia y el estrés aumenta cuando, en medio de esa tensión, de quienes esperábamos ayuda recibimos rechazo y hostilidad.

En este punto, entre la percepción de las circunstancias y las posibles respuestas, podemos elegir dónde enfocar nuestra atención y decidir lo que más nos conviene hacer. Si nos dejamos llevar por pensamientos negativos y nos enganchamos en el juicio sobre las actuaciones de los demás, quizás la situación termine enterrándo nuestras posibilidades.

Imagínate que el asno del cuento se hubiese quedado parado pensando lo desagradecidos que eran su amo y los vecinos después de todo lo que había cargado en sus lomos para resultarles útil. Quizás se hubiera tirado en el suelo preso de la tristeza que emergía de su corazón decepcionado. De haberse centrado en la crueldad que mostraban los vecinos habría estado preocupándose del asunto de los demás, sobre el que no tenía control. Juzgando sus acciones y padeciendo por ellas. Pero por suerte para él, el burro eligió enfocar su atención en el aquí y el ahora, y tomó consciencia de cada palada de tierra que le caía encima. Se ocupó de su asunto y de su zona de influencia o espacio de acción que le quedaba para hacer frente a la situación.

Pudo abrir los ojos a lo que le estaba pasando y así ver qué podía hacer para responder de la mejor manera posible. Se concentró en sacudirse cada vez, esa pequeña porción de tierra, y manteniéndose con sus patas bien asentado sobre el terreno, fue capaz de transformar lo que antes sólo  percibía como acciones hostiles, en posibilidades para salir de la situación.

Quizá tu también tienes preocupaciones entre manos. Imagina un círculo que abarque a todas ellas. Es la zona de preocupación. Cuando revisas todo lo que queda dentro de este círculo veras que ante algunos de esos problemas no hay nada que hacer, al menos a tu alcance,  pero ante otros sí hay posibilidad de actuar. El círculo de la zona de influencia es el que rodeará estos últimos, delimitando el terreno de la ocupación.

Si te estancas en el círculo de preocupación restarás tiempo y energía para atender el círculo de influencia. Si quieres ser más efectivos y dejar de sufrir innecesariamente vale la pena centrar los esfuerzos en la zona de influencia. Así concentrarás recursos, y tomarás la iniciativa para promover cambios positivos.

Las preguntas que te indico a continuación pueden ayudarte a ir de la preocupación a la ocupación: ¿A qué desafío me enfrento? ¿Qué está en peligro? ¿Qué quiero conseguir para dar por solucionada la situación? ¿Qué posibilidades de respuesta tengo a mi alcance? ¿Qué valores y principios quiero que rijan  estas acciones? ¿Cuáles pueden ser las consecuencias? ¿Qué riesgos acepto asumir? ¿Con qué recursos cuento? ¿Qué puedo hacer para mejorar esta situación o para encontrarme mejor ante ella? Posiblemente vendrán a tu mente pensamientos sobre lo que otras personas deberían hacer. Antes de que tu atención quede secuestrada por ellos, pregúntate: ¿Puedo hacer algo para que esa persona realice lo que necesito? Si la respuesta es positiva, haz lo que tengas que hacer. Pero si la respuesta es negativa, recoge tu atención y llévala hacia todo aquello que sí esté dentro de tu zona de influencia.

 Cuando veas que, aún sin grandes problemas, tu cabeza está llena de asuntos que te atrapan, haz una lista con todos esos temas que bullen en tu interior. Esa será tu lista de preocupaciones, aunque te parezca que son asuntos menores. Después, aplica las preguntas anteriores a cada una de esas inquietudes y cada acción que decidas llevar a cabo para atenderlas, escríbela en otra lista que será tu lista de ocupaciones. Una vez hayas acabado tira a la basura tu lista de preocupaciones pues ahora ya sólo tienes acciones que llevar a cabo para sentirte mejor y en eso tendrás que enfocar tu energía y atención. Quizás haya habido preocupaciones para las que no hayas encontrado acción posible y, por lo tanto, cada vez que vuelvan a aparecer en tu mente, recuerda cómo tiraste esa lista a la basura en la convicción de que no eran asuntos quya solución estaba a tu alcance. Tras recordarlo revisa si aún queda algo por hacer de lo que si estaba a tu alcance solucionar.

Como le pasaba al burro en el pozo, a veces, la vida no para de tirarnos encima todo tipo de asuntos preocupantes. Si te quedas parado en el victimismo esos temas pueden acabar aplastándote pero si los afrontas como un desafío a tu creatividad y capacidad de aprender y superarte, los usarás como recursos para lograr un nivel más elevado de conciencia. En tu mano está hacerte responsable de tu bienestar y entrenar a tu mente para ver la oportunidad mientras trabajas en construir la posibilidad.

Gracias por tu atención. Estaré encantada de leer tus comentarios. Abrazos y hasta pronto.

Pepa Arcay
Coach personal



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