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sábado, 9 de diciembre de 2017

Ver la luz que ya somos

Cuando empieza a respirarse en el ambiente el espíritu navideño, me gusta recordar este microrelato titulado “El mundo”, incluido en “El libro de los abrazos” de Eduardo Galeano:

"Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. 

A la vuelta contó que había contemplado desde arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

-El mundo es eso -reveló- un montón de gente, un mar de fueguitos.

Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tanta pasión que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende"

Y es que esta época del año, con sus tradiciones y ritos sociales, culturales y religiosos, creo que da cauce a un anhelo humano de contemplar la vida desde otras perspectivas más elevadas. Puntos de vista que, aún percibiendo las diferencias, nos permiten también descubrir aquello que nos une.

Por eso, llegadas estas fechas, me gusta recordar al hombre de Neguá y ensayar esa mirada suya. Mirada que, según entiendo, solo se concentra en esa llama de vida que a todos nos habita y se expande con nuestro latido.

Tratando de imaginar ese “mar de fueguitos” que propone Eduardo Galeano me suelo embarcar en un ejercicio que consiste en dejar que vayan apareciendo en mi mente recuerdos de personas, estimadas o no, esforzándome por descubrir en cada caso, únicamente lo que creo que esos seres aman, lo que les motiva, apasiona y convoca a la acción. Aquello que les ayuda sentirse ardientemente vivos.

Los imagino crepitando con sus diferentes tipos de llamas todas ellas impulsadas por el aliento de vida que nos sostiene. Cuando reconozco el amor de ese padre por su hijo, de ese joven por su vocación, de esa ciudadana por su comunidad, de ese religioso por su fe o de esa mujer por la persona amada, por ejemplo, aunque mi mente no comprenda sus ideas, mi corazón sintoniza con la vibración de esos afectos. Y puedo unirme a todos ellos en esa chispa de humanidad que nos hermana. La vida dándose a luz una y otra vez. Cada ser humano, en su pasión, brillando con su propia luz.

Esta práctica transforma lo que siento hacia ellos. Logra que se amplie mi campo de resonancia empática. Y me lleva a reconocer mi propia llama interior. Repaso entonces mis afectos, mis pasiones, mis motivaciones, mis talentos y todo aquello que arde dentro de mi buscando cauces de expresión y expansión. Veo así mi diferencia y también el impulso vital que me une e iguala a toda la humanidad..

Un doble enfoque que me gusta subrayar practicando también con este otro ejercicio: "Contempla un cuadro al óleo, fija tu mirada en una pincelada y dile “existes y te veo”; luego observa el cuadro en su totalidad pero sin perder de vista ese trazo particular. Podrás comprender que cada cosa, por insignificante que parezca, tiene su lugar y su valor. Sólo es necesario adoptar la perspectiva adecuada al contemplarla." (“Lo que el corazón quiere contemplar”)

Siempre está ahí, a tu alcance, la posibilidad de centrarte en el “fueguito” con el que brilla cada ser humano. Aún el que te parezca más frío y distante, más apático o negativo, ama algo aún cuando no encuentre formas constructivas de expresar ese aliento de vida. Ama la vida o algo que percibe en ella, sea una idea abstracta o una causa concreta, sea su propia sombra o la del prójimo, cada ser humano desde que nace ama hasta sin saberlo y desde ese impulso reconoce y expande la vida que todos somos.

En las costumbres navideñas se incluyen los encuentros entre los seres queridos, tratando de olvidar diferencias para compartir afectos, se iluminan las calles para recordar que tras la noche más larga del año volverá a amanecer y se confía en que alguna estrella en el cielo nos señalará un camino de paz. Pero quizás lo más hermoso del mensaje navideño sea recordarnos que el amor ya nos habita y solo espera ser reconocido, compartido.

“Igual que el firmamento abarca a todas las estrellas y éstas, expandiendo su luz, iluminan la bóveda celeste, también a todas las criaturas, en una red de luz, un principio de amor sustenta hasta que ellas mismas se transforman en manantial de amor y más red de luminosa vida crean.” (“Lo que el corazón quiere contemplar”)

Por eso hoy, cercana la Navidad, con esta preciosa canción de Macaco y Chambao quiero hacerte llegar mis deseos de poder continuar compartiendo, ahora y siempre, la luz que ya somos.



Gracias por leerme y por tus comentarios si es que quieres compartilos. Abrazos, felices fiestas y hasta pronto,


Pepa Arcay
Coach Personal




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"En el fondo de tu corazón están esperando los sueños no cumplidos y todo el amor que aún no ha podido ser. Date permiso para vivirlos.(“Lo que el corazón quiere contemplar”) 

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domingo, 23 de abril de 2017

Deshaciendo el apego ciego a un pensamiento

En un relato de la tradición hindú se cuenta de “un hombre que tenía un hijo al que amaba profundamente. Por algún motivo se vio obligado a viajar y tuvo que dejar a su hijo en casa. El niño tenía ocho años y su padre lo amaba profundamente. 

Habiéndose enterado de la partida del dueño de la casa, unos bandoleros aprovecharon su ausencia para entrar en ella y robar todo lo que contenía. Descubrieron al jovencito y se lo llevaron con ellos, no sin antes incendiar la casa.

Cuando el padre regresó a su hogar se encontró con la casa derruida por el incendio. Alarmado, buscó entre los restos calcinados y halló unos huesecillos, que dedujo eran los del cuerpo abrasado de su hijo. Con ternura infinita, los introdujo en un saquito que se colgó al cuello, junto al pecho, convencido de que aquéllos eran los restos del niño. 

Tiempo después, el hijo logró escapar de los perversos bandoleros y, tras poder averiguar dónde estaba la nueva casa de su padre, corrió hasta ella e insistentemente llamó a la puerta.

¿Quién es? -preguntó el padre.
Soy tu hijo -contestó el niño.
No, no puedes ser mi hijo -repuso el hombre, abrazándose al saquito que colgaba de su cuello-. Mi hijo murió.
No, padre, soy tu hijo. Conseguí escapar de los bandoleros.
 Vete, ¿me oyes? Vete y no me molestes -ordenó el hombre, sin abrir la puerta y aprisionando el saquito de huesos contra su pecho. Mi hijo está conmigo.
 Padre, escúchame; soy yo.
 ¡He dicho que te vayas! -replicó el hombre-. Mi hijo murió y está conmigo. 
Y no dejaba de abrazar el saquito de huesos.”

Aunque el relato guarda un sentido metafórico, lo cierto es que más de una vez, como el protagonista del cuento, yo también he llegado a negar la realidad creyendo equivocadamente que un vínculo afectivo estaba muerto o muy deteriorado. Y he sufrido innecesariamente por encerrarme en una historia dolorosa que solo estaba sucediendo en mi imaginación. Reconozco que, en ocasiones, el apego ciego a un pensamiento, con sus nocivas consecuencias, me ha pasado inadvertido. La honesta verdad, esperando sosegadamente en mi interior, ha quedado oculta tras la densa nube de una creencia no cuestionada.

También he comprobado que no son los pensamientos quienes se aferran a mi sino yo a ellos. Lo hago cuando los convierto en creencias inamovibles o cuando, luchando contra ellos,  trato de eliminarlos sin ofrecerles comprensión. 

Cuando me atasco de esa manera en alguna historia dolorosa, luego compruebo que, mientras soy inconsciente de ello, suelo separarme del ahora, incluyendo personas y situaciones, quedarme bloqueada en mis pensamientos sobre el pasado o el futuro, a la defensiva, tensa y negativa. Y aún cuando en la superficie aparezca frustración, enfado, rabia o tristeza, debajo supura un doloroso miedo.

La buena noticia es que aunque, por distracción, aún sigo tropezando con estas piedras también voy consiguiendo evitarlas.  He aprendido a cuestionar mis pensamientos, a descubrir qué emociones los acompañan, a detectar a qué actos me impulsan y a dejarme guiar, únicamente, por los que son verdad para mi corazón en paz. Cuando logro darme cuenta y mantengo abierta mi mente, me siento, sobre todo, en armonía con el momento presente. Y mi corazón sale contento a abrazar la realidad recordando así que estoy unida a ella.

Me ayuda mucho recordar que continuamente estoy dando un particular significado a todo lo que sucede. Y que son esas ideas, esos juicios, esas valoraciones las que generan lo que siento. Cuando crep que son los demás o determinadas situaciones las que me traen sufrimiento solo veo el camino de intentar convencer y controlar para producir un cambio fuera de mi. Pero ese intento me deja en manos de los demás como víctima impotente. Cuando recuerdo que la raíz de mi malestar empieza en mi interpretación de la realidad se abre un gran campo de acción bajo mi responsabilidad.

Para rastrear el pensamiento perturbador suelo poner por escrito la descripción de los hechos y luego completo estas frases: “Y eso para mi significa que…” o “E interpreto que eso quiere decir que…” Hacer este ejercicio por escrito me ayuda a tomar distancia de lo que pienso y así me resulta más fácil comprender que esas valoraciones no son mi identidad. Como poco soy el campo de conciencia dónde tienen lugar ess ideas. De esta forma me resulta más fácil cuestionarlas.

Seguidamente paso a comprobar si realmente ese punto de vista es verdadero para mi, aquí y ahora pues a menudo mantengo creencias que fueron verdaderas en el pasado o en otras condiciones o con otras personas y las proyecto al presente sin cuestionar su veracidad actual. 

Por eso también suelo preguntarme si, en este momento, puede haber otras maneras de contemplar la situación. Y entre esas perspectivas alternativas siempre incluyo mirar la realidad más allá de cualquier juicio sobre ella.  ¿Qué sentiría, cómo lo viviría, qué haría, cómo respondería si …? Sucede que cuando acepto recibir el ahora tal como se presenta, sin juzgarlo, cada momento me muestra un puente para unirme en paz a lo que es.

Cuando doy por buena una creencia, sin investigarla conscientemente,  y ésta no coincide con lo que está sucediendo, me siento mal. La vida es continuo cambio. Cuando intento atraparla en una estática y personal idea de lo que debería ser, me alejo de la realidad. Y si considero mi punto de vista inamovible quedo prisionera de él y del sufrimiento que me genera. Así que también tengo muy en cuenta y registro en mis notas los cambios de mis emociones cuando estoy afrontando la realidad desde el marco de unos pensamientos u otros. Intento ver muy claro lo que me aporta cada creencia y hacia qué tipo de conductas me impulsa.

A veces comprendo que estoy deseando tener razón como si en eso me fuera la vida. Sin embargo, la tensión que requiere ese esfuerzo me termina agobiando y me permite ver con claridad que lo que realmente deseo es sentirme serenamente en paz. Liberarme en vez de mantenerme encerrada, abrazar en vez de rechazar, unirme en vez de separarme y amar en vez de temer.

Es un trabajo personal que tiene que ver con la soberbia de creer que tengo la información suficiente para juzgar, especialmente cuando al rastrear los pensamientos me encuentro escribiendo frases que empiezan por “el o ella deberían ser así, o deberían hacer tal cosa…” o “esto no debería estar pasando…”

En este sentido me ayuda releer algo que escribí en “Lo que el corazón quiere contemplar”: “Si miras el camino que has ido dejando atrás, comprenderás que infinitos son los elementos que han posibilitado tal caminar. Infinito el caudal de energía desplegándose en luces y sombras, dimensiones, rumbos y geometrías. Infinita vida haciéndose y deshaciéndose para ir tejiendo la singular trama de tu laberinto vital. Tras esta contemplación puedes entender que desde la puntual e individual perspectiva no hay suficiente visión para determinar qué es digno de amor y qué no merece tal distinción. Así puedes llegar a comprender que para seguir creciendo tienes que confiar en la inteligencia de tu corazón, que es potente energía que convoca a la integración.”

Así, atreviéndome a cuestionar mis pensamientos, voy deshaciendo ese apego ciego a ellos y logro abrir mi mente lo suficiente para tener en cuenta lo que está diciendo mi corazón. Entonces recurro a la quietud. Confío una vez más en que siempre hay más de una forma de percibir cada situación y decido asomarme a aquella que surja de mi más profunda paz. Así que busco un lugar tranquilo y silencioso dentro y fuera de mi. 

Comienzo relajando las tensiones que localizo en mi cuerpo, voy llevando mi respiración a un ritmo sosegado y profundo y busco la calma que hay en lo más hondo de mi conciencia. Es la paz que ya había cuando era un bebé y existía sin más. Es una sensación que cuando la buscas por un instante, simplemente en el ahora de cada respiración, brota naturalmente.

En este punto es cuando, con frecuencia, siento como si algo cediera en mi interior, como si se hubiera deshecho una resistencia. Es como si cambiase una disposición interna. Paso de estar contraída por temor dentro del caparazón de mis juicios a entregarme con inocencia a lo que es, en ese presente.

Cuando alcanzo esa vibración vuelvo al tema que estaba afrontando conflictivamente y con ánimo de expandir mi percepción de ese asunto expreso en silencio la siguiente afirmación: “Confío en la inteligencia de mi corazón donde encuentro conocimiento y efectiva disposición para, aquí y ahora, vibrar en sintonía con todo lo que es y encontrar creativos cauces de acción desde la paz y la libertad de ser.” 

Y me mantengo en silencio, con confianza hasta sentirme en paz con esa situación. A veces encuentro cauces de acción concretos, a veces simplemente dejo de necesitar responder ante esos hechos o intuyo una comprensión no traducible en palabras pero sí en un bienestar interior. 

Lo que suelo comprobar después es que las primeras reacciones surgidas de la resistencia provocan más y más resistencia dentro y fuera de mi mientras que lo surgido tras la entrega consciente genera fluidez, coincidencias y apoyos inesperados. O una aceptación tranquila cuando no aparecen cauces posibles de acción.

No siempre logro completar estos pasos que hoy he querido compartir contigo pero los momentos felices en que sí lo consigo me llevan a pensar que quizá “para comprender la vida primero hay que amarla”. Bajo los duros juicios puede haber  semillas de amorosa percepción esperando brotar. Y está en nuestra mano permitir  que les alcance la claridad de la comprensión,  la cálida luz que emana de la inocencia en nuestro corazón.

Gracias por tu atención. Estaré encantada de leer tus comentarios. Abrazos y hasta pronto.

Pepa Arcay
Coach personal


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sábado, 19 de diciembre de 2015

Pensamientos, sentimientos y actitudes luminosas

La luz ilumina y aporta calidez. Pasa lo mismo con algunos pensamientos, sentimientos y actitudes. Disipan la oscuridad. Nos ayudan a ver claro y a afrontar la vida con el corazón abierto. Ahora que nos acercamos al solsticio de invierno y que todas las tradiciones nos invitan a “encender luces” para recordar, en medio del oscuro invierno, la esperanza luminosa de una nueva primavera, quiero compartir contigo un relato y algunas sugerencias que pueden ayudarte a descubrir y compartir tu luz, así como  a reconocer, en los demás, su genuino resplandor.

La protagonista de este relato, (integrado en mi libro “Lo que el corazón quierecontemplar”), “creía ser una niña cuya luz nadie veía. La llamaban Estrella, y haciendo honor a su nombre deseaba brillar intensamente; pero dudaba de su resplandor, pues su familia, muy aficionada a la televisión, sólo parecía mirar, escuchar y aplaudir lo que aparecía brillando en pantalla.

En un principio creyó que la solución sería convertirse en una estrella televisiva. Con esa esperanza y ese objetivo fue pasando el tiempo hasta que un día su madre le anunció que venía a visitarles tía Telesfora, afamada actriz de telenovelas, lo que a Estrella le pareció una estupenda posibilidad para aprender todo lo que se ha de saber si se quiere triunfar en televisión. Sin embargo, con la llegada de tía Telesfora aparecieron cosas muy importantes en su vida, pero no las respuestas que esperaba. En realidad, lo más destacado que se presentó fueron una desilusión y un antiguo y precioso arcón.

En cuanto al baúl, pronto comprobó que estaba lleno de ropa. Tía Telesfora había supuesto que a Estrella le gustaría recibir como regalo algunos de los vestidos que había lucido en sus películas. Y lo cierto es que poniéndose esos trajes logró la admiración familiar durante algunos ratos, aunque también se dio cuenta y aquí vino la desilusión, que no la veían a ella sino a los personajes que representaban esos disfraces. Además, conforme pasó el tiempo, los ropajes se fueron ajando y junto a ese desgaste también se le fueron quitando a Estrella las ganas de ser una estrella televisiva.

Pero sucedió algo que cambió el rumbo de esta historia. Vacío de ropas el baúl y colocado bajo la ventana de su habituación, Estrella había comenzado a usarlo como espacio para acurrucarse; y una noche, admirando el estrellado firmamento, se preguntó una vez más: ¿cómo brillo yo?, ¿qué tipo de estrella soy? Ante esas preguntas se sintió incómoda y empezó a revolverse dentro del cofre, pues aún no tenía respuestas. Al así moverse descubrió un doble fondo en su baúl y, al abrirlo, encontró en su interior un libro de tapas doradas con una inscripción que decía: “Trajes de luz con los que el alma se hace visible y brilla como una estrella”.

Aquel título le pareció muy misterioso, y también le resultaron muy sorprendentes los nombres de los capítulos que describían cosas como: “Traje de amor incondicional”, “Vestido de gala modelo serena simpatía”, “Pijama a rayas de inocencia”, “Conjunto de invierno línea perseverante determinación”, etc. Y una sección final en la que había dibujos de originales complementos como volantes de alegría, bolsillos de valor, botones de ternura o corpiños de bondad.

Estrella sabía que el arcón había pertenecido a su bisabuela Feli, reconocida modista en otros tiempos, así que pensó que quizás ese libro era un álbum de recuerdos de trajes realmente distinguidos y, mientras lo hojeaba, pensó cómo sería vestirse así. Se visualizó con un precioso traje de alegre confianza al que le añadió uno broche de fe, un chaleco de paciencia y un pañuelo de esperanza. Luego siguió con un vaporoso vestido tejido a base de divertidos pensamientos y centelleantes flecos de risas. Y al jugar de esta manera descubrió que no solo conseguía imaginarse con esa sutil apariencia sino, lo más importante, sentirse así. Comprendió que ese misterioso libro describía lo que cada cual puede encontrar en el baúl de su corazón y las variopintas formas de vestirse de felicidad que puede crear a partir de ese infinito material.

Después de esta experiencia, Estrella también comenzó a imaginar, detrás de las apariencias más grises de los demás, destellos de brillantes atuendos. Logró ver unas preciosas mangas de coraje y valentía en su padre, dónde antes sólo veía arrugas de cansancio. Y también descubrió un elegante cinturón de plata con incrustaciones de paciencia y perseverancia alrededor del talle de su madre, donde antes había visto únicamente pliegues de aburrida rutina. Le encantó adivinar el divertido sombrero de fieltro del novio de su hermana —hecho de optimismo y buen humor—, el delantal de diligencia y generosidad de su maestra, o la suave corbata de certera intuición de su hermano mayor.

Comprobó que le resultaba muy divertido vislumbrar los trajes de luz con que se mostraba vestida el alma de los demás, cuando ella les contemplaba desde el corazón. Y desde esta disposición, cuando veía a alguien triste o desanimado, hablando de todo lo que le faltaba para poder ser feliz, Estrella buscaba en su interior sentimientos de compasión y solidaridad; y vestida así, le enseñaba el libro dorado y, si se lo permitía, le ayudaba a encontrar el doble fondo de su propio baúl donde descubría los recursos necesarios para vestirse de plenitud.

Le fue resultando tan apasionante esta actividad que consideró que había descubierto su vocación: enseñar a confeccionar luminosos ropajes para las almas que quieren mostrarse brillando como lo que son, estrellas llenas de luz, aunque no salgan en la televisión. Inspirada actividad que a su vez le ayudó a comprobar con satisfacción que su propio resplandor, lo vieran o no los demás, siempre estaba ahí. Como sucedía con las estrellas que contemplaba con admiración desde la ventana de su habitación.”

Como la “estrella” del cuento, también tú puedes elegir enfocar tu atención en pensamientos, sentimientos y actitudes luminosas generadores de  paz y esperanza. Estas sugerencias pueden ayudarte a lograrlo:

1.- Recuerda la luz con la que has brillado en el pasado:
En un cuaderno haz una lista, escrita desde el agradecimiento, de los momentos más inspiradores de tu vida y describe los matices de luz que transmitías siendo protagonista de esas experiencias. Repasa esa lista cada vez que notes alguna resistencia a permitir que un profundo bienestar fluya a tu través.

2.-  Para iluminar tu presente, reconoce tus dones y compártelos:
A modo de abeto navideño te invito a realizar el árbol de tu autoestima.  Tal como te explico en este audio, ese árbol resplandecerá con todas tus capacidades y talentos desplegándose como aportación a la vida:

3.- Imagina un brillante futuro:
Pensando que ya se están cumpliendo los sueños que quieres ver hechos realidad, responde a estas preguntas: ¿En esas felices escenas qué experimentas? ¿Qué recibes? ¿Qué das? ¿En qué aspectos se despliega tu potencial? ¿Qué cualidades manifiestas? Visualízate protagonizando alguna de esas escenas; capta el sentimiento asociado y, cuando tengas clara esa visión y estés vibrando en su más intensa luz, cruza tus manos sobre tu corazón. Haz ese gesto con la profunda intención de anclar en tu conciencia ese sentimiento de realización y repítelo cada vez que quieras promover tal frecuencia de vibración.

4.- Aprecia el brillo en los demás:
Procura ofrecer una mirada que se enfoque  en la dignidad humana más allá de las apariencias, las ideas y las conductas. Si temes la sombra que otro pueda proyectarte es el momento de encender todas las luces. Que en tu compañía todos perciban la grandeza de la vida que son. Refuerza tu autoestima y la de los demás,  recordando que todos somos una expresión única e irrepetible de la vida, con una función que realizar, un potencial a desplegar, y siempre dignos de amor y respeto. Contempla con consideración lo que a tu alrededor, por pequeño que sea, también sueña e intenta transmitir confianza, compromiso y esperanza, “Para ayudarte en este empeño, nunca olvides añadir a tu ánimo un flexible cinturón hecho de cintas de confianza espiritual y un anillo de fe, que los demás advertirán cuando te observen señalándoles, no por el potencial que aún no han llegado a desplegar sino porque adivinas el brillo de su alma jugando a manifestar su luz.” (Lo que el corazón quiere contemplar)

5.- Acepta la sombra como testigo de la luz:
Recuerda que si reconoces y promueves la luz tienes que aceptar también la sombra. Eso supone asumir que al lado de las aspectos más radiantes de la vida hay matices de menos luminosidad, que son necesarios experimentar pues la oscuridad sirve para que la luz pueda resplandecer más, Para facilitar esta percepción,cuando salgas a caminar, hazlo observando tus movimientos. Así podrás comprobar que al andar das un paso en el vacio mientras con el otro te afirmas más. Y entenderás que sería imposible avanzar si no aceptaras experimentar esa porción de vacío. Toma conciencia, entonces, de que también en tu recorrido vital, la incertidumbre y la inestabilidad forman parte de tu proceso de evolución. 

6.- Escribe una frase que te pueda resultar esperanzadora y te conecte con lo más luminoso en ti. Repítela cuando te invada el desánimo.Por si te gusta, comparto contigo la que yo he elegido y que es también la visión que alienta a los protagonistas de mi libro: “Igual que el firmamento abarca a todas las estrellas y éstas, expandiendo su luz, iluminan la bóveda celeste, también a todas las criaturas, en una red de luz, un principio de amor sustenta hasta que ellas mismas se transforman en manantial de amor y más red de luminosa vida crean”

7.- Busca, admira y agradece la luz del crecimiento y la superación:
Mantenla como centro de tu enfoque y valora la posibilidad de acceder a la experiencia de ser y al aprendizaje del arte de vivir. Cuando estés mojado por la lluvia de un fracaso busca el arco iris de una oportunidad. Atiende la pérdida y la frustración pero escucha también los deseos de amar y disfrutar. Aprecia cada acto de superación a tu alrededor. Y cada vez que reconozcas haber hecho un avance en tu trayectoria vital o hayas logrado convertir un sueño en realidad, haz una pausa y, para subrayar y celebrar esa evolución, realiza la siguiente visualización, titulada “La luz de tu estrella


La estrella, una luz que orienta en la obscuridad, es uno de los símbolos navideños. Yo la entiendo como algo que refulge en el interior de la vida, el despunte de una consciencia espiritual cuya claridad nos permite, amando lo que es, comprender lo que somos. Un año más me parece escuchar al espíritu navideño susurrando:Si no hay suficiente claridad en tu camino, ama más y se encenderá la luz de la esperanza. 

Gracias por tu atención. Espero que pases unas felices fiestas. Abrazos y hasta pronto.

Pepa Arcay
Coach Personal



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